Europa, la diosa raptada

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El Rapto de Europa de Francesco Albani (1568-1660),
En la mitología griega, Europa era una mujer fenicia de Tiro que terminaría dando su nombre al continente europeo.
Hay dos mitos diferentes sobre cómo llegó Europa al mundo griego: en la más familiar fue seducida por el dios Zeus transformado en toro, quien la llevó a Creta a lomos, pero en el otro cuenta Heródoto que fue secuestrada por los minoicos, quienes la llevaron igualmente a Creta. Europa no puede ser separada de la mitología del toro sagrado, que había sido adorado en el Levante.
¿Fue la pobre Europa seducida y llevada en volandas por el dios Zeus disfrazado de toro o la raptaron los malvados cretenses?
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El rapto de Europa, de Tiziano, ca. 1560 (Museo Isabella Stewart Gardner de Boston).

La Leyenda del rapto de Europa

Cuenta la leyenda mitológica griega que Zeus paseaba por el mundo buscando doncellas a las que conquistar. Sin embargo, el gran dios, mucho más refinado que otros compañeros suyos dedicados a la misma tarea como Ares, empleaba el engaño para conquistar a toda mujer que se le antojaba, pero era paciente y prefería que sus conquistas se entregaran por sí solas a sus encantamientos.

Zeus, en su faceta de incansable conquistador de diosas, ninfas y mortales, puso sus ojos en la bella princesa fenicia Europa. Prendado de Europa, el dios se transformó en un toro blanco y se mezcló con las reses que tenía el padre de la muchacha, el rey Agenor. Mientras Europa y su séquito recogían flores cerca de la playa, ella vio al toro y acarició sus costados y, al notar que era manso, se montó en él. Zeus aprovechó esa oportunidad: corrió al mar y nadó hasta la isla de Creta llevando a Europa en el lomo. Ya en Creta, Zeus reveló su auténtica identidad, y Europa se convirtió en la primera reina de la isla.

Zeus dio a Europa un collar hecho por Hefesto y otros tres regalos: Talos (un autómata de bronce), Lélape (un perro que nunca soltaba su presa) y una jabalina que nunca erraba. Más tarde Zeus recreó la forma del toro blanco en las estrellas que actualmente se conocen como la constelación Tauro. Algunas leyendas cuentan de ese toro que es el mismo con el que se topó Heracles y que es el que engendró al Minotauro.

Las fuentes difieren en los detalles acerca de su familia pero coinciden en que es fenicia, y de un linaje que descendía de Ío, la mítica princesa que fue transformada en una ternera. Más comúnmente se dice que era la hija del rey fenicio Agénor y la reina Telefasa de Tiro. Según esta filiación, Europa tenía dos hermanos: Cadmo, quien llevó el alfabeto al continente griego, y Cílix, quien dio nombre a la región de Cilicia (actual Armenia).

Otras fuentes, como la Ilíada, afirman que era la hija del hijo de Agénor: Fénix.

Tras llegar a Creta, Europa tuvo tres hijos engendrados por Zeus: Minos, Radamantis y Sarpedón. Asterión, rey de Creta, se casó con ella y adoptó a sus hijos.

El poeta Ovidio escribió la siguiente descripción de la seducción de Europa por parte de Zeus:

Y poco a poco, el miedo quitado, ora sus pechos le presta
para que con su virgínea mano lo palpe, ora los cuernos, para que guirnaldas
los impidan nuevas. Se atrevió también la regia virgen,
ignorante de a quién montaba, en la espalda sentarse del toro:
cuando el dios, de la tierra y del seco litoral, insensiblemente,
las falsas plantas de sus pies a lo primero pone en las ondas;
de allí se va más lejos, y por las superficies de mitad del ponto
se lleva su botín. Se asusta ella y, arrancada a su litoral abandonado,
vuelve a él sus ojos, y con la diestra un cuerno tiene, la otra al dorso
impuesta está; trémulas ondulan con la brisa sus ropas.

Los pintorescos detalles pertenecen a la anécdota y la fábula: en todas las representaciones, ya sea montando el toro a horcajadas, como en las pinturas de vasijas arcaicas o en el destrozado fragmento de metopa de Sición, o graciosamente sentada de lado en un mosaico del norte de África, Europa no muestra el menor miedo. Con frecuencia Europa se apacigua a sí misma tocando uno de los cuernos del toro, condescendiente.

Según Heródoto, Europa fue secuestrada por los minoicos, quienes buscaban vengar el secuestro de Ío, una princesa de Argos. Esta variante de la historia puede haber sido un intento de racionalizar el mito anterior.

La Diosa Raptada

Sabido es que los griegos clásicos construyeron su universo mitológico para explicarse el cosmos y su existencia humana plagado de dioses que lejos de ser justos, adolecían de las mismas debilidades que el hombre pero dotados de poderes superlativos. Caprichosos y egoístas, ponían en riesgo el equilibrio de las cosas y no dudaban en emplear la fuerza y el engaño en sus múltiples enfrentamientos, incluso, entre dioses padres e hijos.

La llegada de los dioses del Olimpo (celestes) con los inmigrantes al Egeo durante el II milenio a. C., , imbuye a la mitología griega de su característica tensión, en ocasiones al querer explicar la violenta lucha por suplantar a Gaia, la Gran Madre del preindoeuropeo, una diosa de la vida y la muerte generosa pero pavorosa, que había sido venerada ya desde el Neolítico en Oriente Próximo, Anatolia y la zona de influencia de la cultura egea, pero también más allá de Malta y las tierras etruscas.

Ecos de la fuerza de Gaia persisten en la mitología de la Grecia clásica, donde sus papeles están divididos entre Hera, consorte de Zeus, Deméter, Artemisa, gemela de Apolo, y Atenea .

“Su cultura parece haber sido básicamente igualitaria, pacífica, prospera y jovial. Sus ciudades carecían de muros defensivos, y en su arte no se aprecian escenas de violencia (…) Asoma una cultura basada en la celebración de la vida. No hay hordas ni estados, sino poblaciones autónomas de varios miles de habitantes; se conoce la metalurgia, pero no se aplica para fabricar armas. (…) Su culto esta guiado por mujeres y la descendencia pasa por línea femenina, pero no hay dominio sobre los hombres sino igualdad entre los sexos” 
Nikolaos Platón

Marija Gimbutas es autora de numerosas publicaciones, entre las que hay que destacar sus tres últimos libros: Diosas y dioses de la vieja EuropaEl lenguaje de la diosa y La civilización de las diosas.

En 1956 fue la primera estudiosa que vinculó la investigación lingüística (en este terreno poseía conocimientos de veinte lenguas) con los hallazgos arqueológicos, y fue también quien identificó la patria de los pueblos guerreros indoeuropeos que fueron estableciéndose en Europa. Siguiendo los patrones socioculturales del Neolítico –sobre todo las figurillas femeninas como punto clave de la interpretación–. define una sociedad predominantemente matriarcal que, con la llegada de los Kurgan, como ella llamó a los invasores, cambió del sistema matriarcal al patriarcal que aún hoy perdura.

«Marija Gimbutas, que desenterró imágenes de diosas y consiguió pruebas de la existencia de la Cultura de la Diosa Madre en yacimientos arqueológicos de la vieja Europa, es el ejemplo perfecto de una mujer-atenea, de mente preclara, que pasó a convertirse en una esplendorosa anciana-metis en la tercera etapa de su vida. Ella supo encontrar los vínculos necesarios para extraer sus propias conclusiones gracias a sus amplios conocimientos de arqueología, religiones comparadas, mitología, folclore y lingüística»

(Jean Shinoda Bolen: Las diosas de la mujer madura).

En Roma la diosa frigia importada Cibeles fue venerada como Magna Mater, la ‘Gran Madre’, o como Mater Nostri, ‘Nuestra Madre’, e identificada con Ceres, la diosa romana de la agricultura que era aproximadamente equivalente a la griega Deméter, pero con diferentes aspectos y adorada con diferentes cultos. Su culto fue llevado a Roma tras un augurio de la Sibila de Cumas sobre que Aníbal el cartaginés no sería derrotado hasta que dicho culto llegase a Roma. Como resultado fue una divinidad favorita de los legionarios romanos y su culto se extendió desde los campamentos y colonias militares romanas.

Josu Naberan resume así las características sociales de la Vieja Europa:

“Según nos revelan diversos estudios arqueológicos (como los de James Mellaart y su grupo de arqueólogos que descubrieron dos ciudades enteras del neolítico en Anatolia, o los cientos de lugares examinados por el equipo de Marija Gimbutas en Grecia, Rumanía, Los Balcanes, Polonia, Ucrania,…) las sociedades de la Antigua Europa se caracterizaban por: Explotación agrícola de fértiles valles atravesados por ríos en los que sembraban trigo, avena, cebada y diversas legumbres.

Los restos arqueológicos de aquella época no muestran sólidas murallas ni fortalezas, y en su abundante arte no se reflejan motivos guerreros, batallas memorables, ni armas letales. Edificaron sus viviendas en valles abiertos, a la orilla de los ríos, y no, como lo harían posteriormente los indoeuropeos, en lugares de difícil acceso rodeados de gruesas murallas. Además en las citadas ciudades no aparecen daños de guerra durante largos periodos de siglos.
Aquella sociedad no era patriarcal, eso no quiere decir que fuera matriarcal, sino que no hay indicios de dominio, supeditación o discriminación de un género sobre otro. Ni en el sistema de división del trabajo, ni en los enterramientos, ni en ningún otro detalle.
La Diosa aparece como el símbolo principal y omnipresente en todo aquel mundo”.

El fin de la cultura de la Vieja Europa fue provocado por reiteradas oleadas de invasiones de un pueblo indoeuropeo que surgió durante el quinto milenio a.C. en la cuenca del Volga, al sur de Rusia. Gimbutas la acuña con el término de cultura Kurgan, y la define como patrilineal, patriarcal, nómada, ganadera y profundamente guerrera, siendo el caballo domesticado y su tradición armamentística dos de los aspectos más sobresalientes de su modus vivendi. Estas características se oponen frontalmente a la sociedad de la Diosa Madre, sedentaria y pacífica, que fue derrocada por estas tribus indoeuropeas entre el 4300 y el 2800 a.C., al mismo tiempo que impusieron su modelo androcéntrico y guerrero.

Hubo un tiempo en el que la cosmovisión de las primeras culturas europeas en nada se diferenciaba de la del resto de pueblos indígenas de nuestro planeta. Durante un inmenso periodo de más de 35.000 años (del Paleolítico al Neolítico) y según las evidencias del arte simbólico prehistórico y las mitologías arcaicas, una misma cosmovisión en torno a la figura de la Gran Madre Naturaleza fue compartida en todo el continente euroasiático: desde el Cantábrico hasta Siberia, llegando hasta Oriente Próximo y el Valle del Indo.

Esta visión de la naturaleza como una Gran Madre era ya plasmada en el arte prehistórico hace nada menos que 40.000 años (Venus de Hohle Fels) y sobrevivió como figura central de la mitología Europea hasta hace unos 5.000 años, cuando los primeros pueblos militarizados comenzaron a imponer una nueva forma de concebir el mundo que se prolonga hasta nuestros días.

Nos han hecho creer que la civilización occidental comienza con los griegos –porque la historia así lo afirma–, pero aunque en arqueología nunca se pueden dar verdades absolutas, lo cierto es que la sensación que transmiten las propuestas que hizo Marija Gimbutas sobre la existencia de las viejas culturas matriarcales nos hace desear no solo que sean ciertas, sino que vuelvan algún día para mejorar nuestro deteriorado mundo. Hoy sabemos que en las culturas donde predomina la influencia femenina no hay que buscar el «mando» de la mujer, sino la prevalencia de sus valores femeninos: la energía, la vida, el amor y la sabiduría.

Monica Naranjo – Europa

FUENTES: 

 

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