El Toro en la Cultura Ibérica

toros
Su nombre científico proviene del latín bos, que significa toro

El toro fue símbolo de fertilidad en muchas civilizaciones agrarias, siempre vinculadas a la “Madre Tierra”, la Madre Nutricia cuyo icono sagrado era la Vaca.

Así lo atestiguan los numerosos testimonios recogidos en todas las grandes civilizaciones surgidas en torno al mar Mediterráneo, generalmente asociado a la idea de masculinidad y fertilidad. Y además, el toro es considerado desde la antigüedad, el emblema más representativo de nuestro país fuera de nuestras fronteras, un país cuya forma territorial es precisamente la piel extendida de un toro.

EL CULTO AL TORO EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Desde la época neolítica, el toro ha recibido una atención especial por parte de los pobladores peninsulares, pues se le otorgó un carácter sagrado. Con la llegada de los fenicios, esta percepción sagrada se vio acentuada, pues el culto a este animal fue un elemento común en las culturas mediterráneas. Entre las evidencias dejadas por los pueblos iberos de este culto al toro encontramos piezas como el llamado Toro de Porcuna, de clara influencia oriental.

Parece ser que el toro estuvo muy relacionado con los cultos a Hércules-Melqart y a Tanit, y a menudo se han encontrado imágenes de estos animales en necrópolis, en relación con monumentos funerarios. En otros casos, el toro aparece vinculado a símbolos astrales, como en una figurilla en bronce descubierta en Azaila, en la que el animal lleva una especie de roseta en la frente, o en piezas de cerámica descubiertas en Numancia.

Pero además de ser una manifestación divina, el toro fue víctima propiciatoria en los sacrificios rituales. En relación con esta idea hay que contextualizar las diversas ceremonias y juegos que se han desarrollado en el pasado en algunos pueblos del área mediterránea, quizás con un sentido iniciático a la vida adulta, siendo el caso del “salto del toro” o taurokathapsia. Es posible que las creencias taurinas de los cretenses procediesen de Anatolia, aunque lo cierto es que todas las civilizaciones coetáneas y próximas a la minoica (Mesopotamia, Persia, Palestina, ciudades-estado fenicias, Egipto, etc.) dieron un gran peso al elemento taurino. Con el paso del tiempo, la práctica de la tauromaquia acabó perdiendo su significado religioso hasta adquirir su actual sentido folklórico. No en vano, en España ha alcanzado categoría de “fiesta nacional”.

La confirmación arqueológica de un posible culto taurino son: los bronces votivos con escenas de sacrificio del Inst. de Valencia de Don Juan (Madrid), del carrito de Costa Figueira (Portugal), y de Castelo de Moreira (Bajo Miño); los depósitos de huesos de bóvidos encontrados en las cercanías de Numancia (Soria) y de algunos castros del Noroeste hispánico; los llamados «verracos»; las pinturas de Numancia que representan toros y danzas; las cabezas bovinas de Costig (Baleares); prótomos de toro y demás representaciones de ellos, en metal, barro y piedra, hallados en las Baleares, Azaila, Numancia, Porcuna (Sevilla), Balazote (Albacefé);Iy los toros mitrados de Rojales (Alicante), etc.; mangos de, puñales votivos con representaciones bovinas procedentes de la meseta y conservados en el Museo Arqueológico Nac. de Madrid, y el bronce del Museo Etnológico de Lisboa. Se trata de un culto vinculado con la fecundidad del ganado (V. ANIMAL IV; TOROS I).

Otra importante representación es la Estela Clunia, que fue descubierta en las murallas de la Ciudad celtíbera de Clunia en 1774, ubicada en burgos, en ella se plasma una nueva relación del hombre con el toro, una estela taurina donde el toro acomete a un hombre que está armado con un escudo y una espada, este acontecimiento marca el inicio del toreo a pie, en donde el escudo representa el capote o la muleta y la espada el estoque.

El Vaso Historiado de Liria que se encuentra en Valencia, construido de cerámica decorada, representa los testimonios del trato de los íberos con el toro 2 o 3 siglos antes de Cristo, en donde aparece un cornalón que se enfrenta a dos cazadores con sendas mazas; demuestran claramente la extensión del culto al toro por las primeras civilizaciones. Podría responder bien a una escena religiosa o costumbrista. 

Entre los ejemplos más célebres de imágenes de toros se encuentran los llamados verracos, grandes esculturas pétreas que, según las hipótesis más populares, constituirían monumentos funerarios. También pudieron tener un sentido mágico, quizá con la finalidad de proteger y favorecer al ganado. Esta profusión de imágenes de toros parece despejar cualquier duda sobre su carácter sagrado, aunque esto no implica que fuera considerado un dios.

En el camino natural de Ávila a Toledo se encuentran las esculturas de los toros de Guisando, de origen céltico y que ilustran la ruta de la trashumancia. Sus dimensiones son de más de 2.5 metros de largo; los pobladores le rendían culto y lo relacionaban con las divinidades del cielo y de la diosa tierra. Se dice que este paraje fue testigo del tratado en donde Enrique IV de Trastámara nombró a su hermanastra Isabel la Católica, Princesa de Asturias y heredera del reino de Castilla en septiembre de 1468.

Desde los Toros de Guisando en Soria que miran ponerse el Sol en la montaña occidental, y con el antiquísimo símbolo del rayo sobre las aguas grabado en la piedra de su lomo izquierdo, hasta el toro de Azaila en Teruel, toro de bronce con flor abierta en su frente o las máscaras de toro en rituales de la Edad de Bronce o en las pinturas rupestres de Despeñaperros, o en las monumentales cabezas de toro de Castix (Baleares) en el interior de un templo rectangular, o los cuernos de bronce y de hierro en cuevas de Menorca y en poblados talayóticos. También se rinde culto al toro en lo alto de pilares-estela, como el de Monforte, de clara influencia egipcia por su cornisa de media caña y esquemas de falsas puertas. Toros con cabezas humanas, esculpidos en piedra o grabados en monedas, imagen de los primitivos reyes tartésicos y que originaron el mito de los arsentauros (Hombres-toro) que se convirtió finalmente en los Centauros.

Los toros de Balazonte fue la obre cumbre del arte Ibérico en el siglo VI a.C. estas esculturas de piedra representan a un toro en reposo con cabeza de hombre barbudo, con orejas de toro. Se les atribuían el carácter funerario, sagrado, protectores del hombre y de los muertos. Representaba la divinidad masculina de la fertilidad y también los tenían asociados al rio. Tiempo después apareció el Toro de Monforte del Cid en la provincia de Alicante, que se remonta al siglo V a.C.

El culto al toro, símbolo de vigor, de energía vital y telúrica, es una reminiscencia atlante que hermana la Iberia legendaria con los reyes minoicos en Creta. Dice Plutarco que los romanos heredaron de los iberos el culto a Neptuno, y es que a este dios del mar y de los movimientos de tierra se le veneraba en la Atlántida, como nos refiere Platón, con sacrificios de toros. Aún sobrevive en el folclore popular la memoria de viejos ritos y fiestas varias en relación con el toro, como el toreo caballeresco o el toro nupcial. Y es que cuando los escritores clásicos relacionan el trazado de España con la piel de toro, se refirieron tanto a las tierras como al alma.

Un texto de Diodoro atestigua que las vacas descendientes de las que Herakles regaló al reyezuelo indígena Gerion son animales sagrados.

En general, el toro es un símbolo de fecundidad, de vida, y del carácter positivo de las fuerzas de la naturaleza. Los “Zezengorri” o “Behigorri”, toros salvajes autóctonos de la zona, eran los encargados de proteger los tesoros de las grutas donde moraba la diosa. Sus cuevas albergan oro, piedras preciosas y talismanes, objetos todos mágicos que remiten al otro mundo, como ámbito de iniciación y confrontación con la muerte. Los toros eran símbolos de vida y muerte, muerte y renacimiento. En España también hay rastros de un posible culto al toro, representado por túmulos con cuernos de consagración.

El ídolo de Mikeldi de Durango (Vizcaya) fue esculpido en la Edad de Hierro (entre los siglos IV-III a.C.), representa a un toro o verraco que tiene entre sus patas un disco cuyas dos caras significan el Sol y la Luna, representando así a la diosa Mari o «Madre Tierra» que recibe en su seno a sus dos hijas celestes cuando se ponen en los «Mares Bermejos» o Itsasgorrieta para seguir su curso por el Mundo Subterráneo. Según la antigua religión vasca, en este Mundo Subterráneo se encontraba “el cielo” de los vascos.


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Toros de Guisando. Hace 2.500 años, en la actual campiña y las montañas de Ávila vivieron los celtas vettones, que hicieron del toro el símbolo de su cultura, como prueban los famosos verracos de Guisando.

Una de las representaciones mitraícas más importantes halladas en la península ibérica es el llamado Mitra de Cabra. Este busto escultórico del dios Mitra, que procede de la villa romana del Mitra, en la ciudad de Cabra, puede contemplarse permanentemente en el Museo Arqueológico de Córdoba (España). Fue hallado en Cabra en 1952, es un grupo escultórico del siglo III realizado en mármol blanco y en el que este dios aparece sacrificando a un toro.

Otro de los monumentos más representativos del culto romano al dios Mitra en España se encuentra en Lugo, donde unas excavaciones para asentar el vicerrectorado de la universidad descubrió en sus cimientos una casa romana con un templo de Mitra anexo dedicado a estas celebraciones

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El Mitra de Cabra es una de las representaciones más importantes halladas en la península ibérica.

FUENTES:

  • Wikipedia
  • https://institucional.us.es/revistas/taurinos/18/art_3.pdf

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