El Martirio de las Brujas: La Mujer «Maléfica»

En latín, las brujas eran denominadas maleficae (singular malefica), término que se utilizó para designarlas en Europa durante toda la Edad Media y gran parte de la Edad Moderna. Términos aproximadamente equivalentes en otras lenguas, aunque con diferentes connotaciones, son el inglés witch, el italiano strega, el alemán Hexe y el francés sorcière. Esta última palabra, femenino de sorcier, deriva del latín vulgar sortiarius (que literalmente significa « hablador de suertes o parlachín de suertes») y del latín clásico sorssortis (que primero señalaba un procedimiento de clarividencia, y luego significaba destino o suerte).

Bruja o brujo no corresponde a ningún nombre pagano. Es una mala traducción de las nomenclaturas con que llamaban a los sacerdotes o sacerdotisas  de otras religiones. Y también,  quienes conocían la magia de la naturaleza. Al brujo algunos lo asocian con el vidente o con el clarividente, otros lo asocian con el chamán o hechicero (quien es un especialista de la comunicación con las potencias de la naturaleza), mientras que otros lo asocian con un guía espiritual de tribu más orientado a la curación de enfermos del cuerpo y del alma, etc.

Mujeres sabias, cuidadoras, sanadoras, recolectoras, yerberas, curanderas, parteras, matronas…  La mujer es libre dentro del matriarcado pagano y rural. Ella es la sacerdotisa sanadora, ligada a la Madre Naturaleza y todo lo que ella le ofrece.

El Martirio de las Brujas

Es en la Edad Media cuando la situación de las mujeres cambia.

Eran consideradas brujas todas las mujeres que quedaran fuera del control masculino y fuera de los roles preestablecidos para ellas. Mujeres solas, solteras o viudas, pobres, viejas o extranjeras eran perturbadoras para la sociedad. Mujeres campesinas y pobres, que trabajaban para la comunidad, que asistían a los pobres, sobre todo las sanadoras y las comadronas como conocedoras y transmisoras de la sabiduría popular, de anatomía, plantas medicinales y medicamentos.

Parece que estas mujeres combinaban sus prácticas curativas con viejos ritos paganos que la ignorancia y desconfianza de los altos estamentos en las jerarquías de poder consideraron magia. Métodos para aliviar los dolores del parto, consejos sobre métodos anticonceptivos y practicar abortos eran conocimientos científicos y humanos compartidos por redes de mujeres que se establecían para intercambiarlos, en contra de las doctrinas de la Iglesia.

Precisamente la palabra bruxa aparece por primera vez en la segunda mitad del siglo XIII en un vocabulario latino-arábigo reproducido en un códice catalán, como término equivalente al de súcubo o demonio femenino. Más tarde aparece el aragonés broxa cuyo campo semántico lo comparte con fetillero, envenenador, adivino,… siempre con un sentido muy negativo, pues todos ellos cometen crímenes… a dios muy horribles, como se dice en las Ordinaciones y Paramientos de la ciudad de Barbastro de 1396, por lo que serán «preso o presa por los iurados de la dita ciudat«.

El origen de la persecución y Caza de brujas en Europa en general tiene lugar durante la edad media, cuando las mujeres empezaron a tener oficios y fueron ocupando espacios en la religión, el arte y la ciencia, incluyendo las campesinas, maestras en varios oficios, abadesas, escritoras y científicas, principalmente en la medicina. Fueron más allá de los límites impuestos para ellas por los mandatos de género y se convirtieron en un problema para la élite masculina. Como reacción a todo esto, se consolidó una corriente misógina y se inició así el control masculino del conocimiento y la ciencia y una regresión para las mujeres en todos los ámbitos

Puesto que generalmente se asocian Edad Media con las brujas y con las brujerías, y ello no es arbitrario, no es de extrañar que los siglos XVI y XVII fueran las mujeres que sufrieron las persecuciones más horribles y numerosas.  La mujer pasa a convertirse en una fabricadora de pócimas, con vuelos nocturnos encima de una escoba, y ser adoradoras del diablo, cuando no sus concubinas. La religión las relega de su espacio en la comunidad, las aísla, convirtiéndolas en seres temidos y despreciados, lo diferente no tiene cabida en el nuevo orden cristiano.

Las brujas eran parteras, curanderas, mujeres que evitaban la maternidad, mujeres que practicaban la sexualidad fuera de los vínculos del matrimonio y la procreación, así como prostitutas. Las brujas también eran mujeres rebeldes, que contestaban, que discutían, insultaban y luchaban. Mujeres que decidían no casarse, que dedicaban su tiempo a otras cuestiones, incluidas las relacionadas con lo medicinal, científico y literario, todo a escondidas y por eso eran señaladas, porque no respondían al ideal de mujer de ese momento. Tenían “mala reputación”, lo cual sirvió para ser enjuiciadas públicamente. Eran hijas de la legendaria Lilith, la primera esposa de Adan y de La luna Oscura, diosa de las Brujas.

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“A visit to the witch” E. F. Brewtnall (1846)

La caza de brujas fue un poderoso instrumento de control social impulsado por la Iglesia y promovido y desarrollado por los estados seculares. 

Mujeres asesinadas en masa.  Nadie habla en serio del martirio de las brujas. Exterminio, genocidio, masacre, terrorismo, feminicidio. Nadie se atrevió a pronunciar estas palabras. Todos tienen miedo de las brujas. Todos siguen teniendo miedo de sí mismos.

Desde finales del siglo XIV el estereotipo de la bruja representaba una feminidad diabólica enemiga de la religión, se veía en ellas lo siniestro femenino. Además de representar una amenaza religiosa, se ocultaba en ella otro tipo de poder engañoso, maléfico y oculto de lo femenino, era el poder siniestro de lo doméstico, de la cocina y la medicina familiar, de las alianzas entre mujeres

Debemos diseminar el terror entre algunas, castigando a muchas.

Jean Bodin, filósofo y jurista francés del s. XVI

A finales de la Edad Media empezó a configurarse una nueva imagen de la bruja, que tiene su principal origen en la asociación de la brujería con el culto al Diablo (demonología) y, por lo tanto, con la idolatría (adoración de dioses) y la herejía(desviación de la ortodoxia). Si en fechas anteriores los principales interesados en el castigo de los delitos de brujería habían sido los propios convencidos de la existencia de brujos, que sufrían directamente sus supuestas acciones maléficas, una vez que se estableció la relación de la brujería con el culto diabólico pasó a ser un asunto de interés directo tanto para la Iglesia del reino, encargada de mantener la ortodoxia, como para las autoridades civiles.

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Hoja relatando la quema de una mujer en 1531, acusada de haber quemado la ciudad alemana de Schiltach con ayuda del Demonio.

El concepto de brujería en la Edad Moderna tenía un fuerte carácter misógino. Había un componente sexista.

Hay que destacar la actitud misógina de los cazadores de brujas. El modelo generalizado de superstición ya se había encargado de hacer de las mujeres, en general, objeto de sospecha, no sólo por su papel de transmisoras de conocimientos ancestrales sobre el poder curativo de algunas plantas o por sus habilidades en la asistencia a los partos (curanderas y comadronas eran oficios que desempeñaban mujeres que después serían acusadas de brujería),

El Malleus maleficarum explicaba que la mayoría de los hechiceros eran mujeres porque la superstición se encontraba ante todo en las mujeres, y la mayor cantidad de los brujos eran del sexo frágil porque las mujeres eran más crédulas, más propensas a la maliginidad y embusteras por naturaleza. Por tanto, las mujeres podían sucumbir con más facilidad a la tentación del diablo. El pecado que nació de la mujer destruye el alma al despojarla de la gracia y todos los reinos del mundo han sido derribados por mujeres. Una mujer es hermosa en apariencia, contamina al tacto y es mortífero vivir con ella. Existen tres vicios generales que tiene un especial dominio entre las mujeres: la infidelidad, la ambición y la lujuria. Los autores del Malleus maleficarum, obra con la que se marca el punto de partida de una concepción delictiva de la brujería, sostenían la maldad intrínseca a la naturaleza femenina «pues duda antes de la fe, de la cual reniega también antes, lo que es la base de la brujería«.

El mito judeocristiano del pecado original ya creaba una imagen de la mujer como el género débil, lascivo y cercano a lo que es malo e impuro. Durante la Edad Media esta visión se reforzó con la literatura demonológica y la persecución de mujeres por brujería. Aproximadamente el 80% de las víctimas de la cacería fueron mujeres, y los demás detenidos lo fueron en relación a ellas y no por delito de brujería en sí.

El 80% de las acusadas por brujería eran mujeres. Campesinas, pobres, en su mayoría, ya ancianas. 

Durante los siglos XVI y XVII, el mercantilismo capitalista se expande imparable por toda Europa. Las tierras dejan de ser comunales y pasan a ser privatizadas y controladas por la nobleza terrateniente. El precio de alimentos básicos como el pan, alcanza niveles desorbitados. Estallan entonces las «guerras campesinas» lideradas y mantenidas de manera subterránea en el tiempo por las mujeres. Las mismas mujeres que ya ancianas, dos décadas después del inicio de estas revueltas, son depositarias del saber y la memoria de los pueblos. Recuerdan aún las masacres cometidas contra el campesinado. Son perseguidas, acusadas, torturadas y asesinadas por brujería.

La mayoría de las condenadas en esos días, eran de todas las edades y condiciones, y de diversas confesiones religiosas, con frecuencia parteras o curanderas, pues los remedios de estas últimas se basaban en una farmacopea tradicional, consistente en brebajes y también en infusiones o decocciones de raíces y de hierbas, o sea lo que se conoce como « fitoterapia». La población de entonces, esencialmente rural, no tenía otro recurso para intentar tratar algún mal que recurrir a estos procedimientos ancestrales, los que claro, a la consideración de personas más cultas daban que pensar en la magia y en la brujería.

Por otra parte llama la atención la escasa incidencia que tuvo en España la persecución de la brujería, que se vinculaba casi exclusivamente a las mujeres, quizás porque la «bruja» mayor del reino era una mujer: Isabel, la Catolica. La Inquisición española   fue fundada en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la ortodoxia católica en sus reinos, estaba bajo el control directo de la monarquía y no del Papa. Se abolió definitivamente en 1834, durante la Regencia de María Cristina, encuadrada en el inicio del reinado de Isabel II.

En general, la Inquisición española mantuvo una actitud escéptica hacia los casos de brujería, a diferencia del durísimo trato que recibieron  judios conversos  y  protestantes, considerando, a diferencia de los inquisidores medievales, que la brujería se trataba de una mera superstición sin base alguna. Alonso de Salazar y Frías, que después del proceso de Logroño llevó un edicto de gracia a varias localidades navarras, indicó en su informe a la suprema que: «No hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos»

Si la persecución de la herejía hizo de antesala para la caza de brujas, la persecución de los judíos y las masacres en el Nuevo Mundo fueron los acompañantes de esta cruzada contra las mujeres.  La caza de brujas fue fundamental para consolidar y reconstruir el patriarcado, un sistema en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo y su poder sexual y reproductivo son colocados bajo el control del Estado.

Silvia Federici, en su libro Caliban y la bruja, (Italia, 1948), afirma que las típicas brujas de la época eran mujeres que se alejaban de lo que estaba establecido y «desafiaban la estructura de poder: desde la hereje, partera y curandera hasta la esposa desobediente, la prostituta, la libertina, la adúltera o la promiscua».

Toda mujer que fuera consciente de su sexualidad, de su fortaleza y que incentivara el apoyo entre mujeres era considerada bruja. La autora defiende la teoría según la cual «La caza de brujas está relacionada con el desarrollo de una nueva división sexual del trabajo que confinó a las mujeres al trabajo reproductivo» y en concreto con los inicios del capitalismo que requería acabar con el feudalismo y aumentar el mercado de trabajo, eliminando la agricultura de subsistencia y cualquier otra práctica de supervivencia autónoma ligada en ocasiones a tareas agrícolas en terrenos comunales.

Federici sostiene que la irrupción del incipiente capitalismo fue «uno de los periodos más sangrientos de la historia de Europa», al coincidir la caza de brujas, el inicio del comercio de esclavos y la colonización del Nuevo Mundo. Los tres procesos estaban relacionados: se trataba de aumentar a cualquier coste la reserva de mano de obra.

Cuando una mujer era condenada sospechosa de brujería, raramente era absuelta. Mujeres que poseían los conocimientos antiguos para proteger sus clanes familiares fueron etiquetadas de brujas, una palabra despectiva e injusta que unificaba a todas ellas, bajo el concepto de practicas no cristianas, como herejes o paganas, cuestionando que sus poderes no provenían de un amplio conocimiento de la Naturaleza, sino que eran otorgados por demonios.

La mayoría de los delitos que se les achacaban a las brujas eran imposibles según las leyes de la naturaleza.

Surge una nueva concepción de la Iglesia cristiana, sólo Dios es capaz de curar el cuerpo y el alma, por lo tanto todo aquel que encamine sus prácticas a perseguir este fin será encarcelado, juzgado y ajusticiado. Son muy diversas las personas ajusticiadas en nombre de Dios, niños, niñas, hombres, mujeres, judíos, moriscos, profesionales de distintos ramos, condición, etcétera, pero me centro en las mujeres acusadas de brujería y tratos con Satán.

Claude Seignolle expresa que los procesos y ejecuciones en relación a brujerías, sobre todo conciernen a mujeres.

Satan eut ses prêtres : ce furent les sorciers. Il eut surtout ses prêtresses : les sorcières ; et c’est encore par une conséquence de la plus implacable logique que, les hommes étant seuls admis au service du Seigneur, les femmes, qui en étaient exclues, allèrent en plus grand nombre vers son rival obscur, qui les accueillait de préférence. On a dit qu’il y avait mille sorcières pour un sorcier ; c’est là une exagération manifeste, mais il est certain que la proportion des femmes, dans la foule qui se pressait à l’adoration du Bouc, l’emportait beaucoup sur celle des hommes.

Satán tuvo sus sacerdotes, que fueron los brujos. Y el rey de los infiernos también tuvo sus sacerdotisas, que fueron las brujas. Pero como consecuencia que solamente los hombres eran admitidos en el servicio del Señor, las mujeres, excluidas del mismo, se sintieron más atraídas hacia su rival oscuro, que terminó acogiéndolas preferentemente y en mayor número. Incluso llegó a decirse que había mil brujas por cada brujo; con toda claridad esta afirmación constituía una exageración manifiesta, pero seguramente la proporción de las mujeres, en la muchedumbre que se afanaba en la adoración del Macho cabrío, superaba en mucho a la de los hombres.

En efecto, la persecución de la brujería llevada a cabo entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII hasta inicios del siglo XVIII llegó a ser la causa de un importante -aunque de difícil precisión- número de víctimas. El estereotipo de la bruja está presente desde los juicios de los años 1420-1430, y se mantuvo durante más de dos siglos, aunque al promediar ese siglo XV es claro que aún no estaba bien definido y desarrollado.

Para el cristianismo la virginidad siempre fue un ideal y según el Malleus Maleficarum la mujer es peligrosa por su sexualidad a pesar de ser necesaria para la reproducción.  La caza de brujas supone  un instrumento para regular la sexualidad femenina y convertirla definitivamente en un trabajo al servicio de los hombres y de la procreación. La imagen de la bruja como sierva fiel del Diablo y como una bestia de deseo insaciable capaz de hacer perder la razón a los hombres consolida la idea de la sexualidad femenina como algo pervertido y peligroso. De esta manera, todas las mujeres pasaban a ser potenciales brujas cuya debilidad (propia de la naturaleza de su sexo) las convertía en sujetos manipulables por las fuerzas malignas. Cualquier mujer activa sexualmente o que subvirtiera el orden social podía ser acusada de brujería.

La Bruja tenía que ser fea, puesto que estaba conchabada con horrendos y desfigurados demonios. Y además tenía que ser vieja ya que se necesitaba un largo aprendizaje. Se necesitaba tiempo para llegar a ser una bruja maestra.  La inquisición empezó matando a las viejas y feas, pero después de un tiempo mataba a todas, la condición era ser mujer. Las mujeres viudas y casadas fueron las más condenadas, pero no se libraron las solteras ni las adolescentes ni tan siquiera las niñas.

Ni siquiera una santa como Juana de Arco se libro.  La heroína francesa y santa de la Iglesia católica fue sentenciada y quemada viva el 30 de mayo de 1431, hace 582 años, en la plaza del Mercado Viejo de Ruán, en Francia. En la inmolación de la joven Juana de solo veinte años, tras haberse incendiado el vestido, el verdugo de Ruán apagó las llamas para que los espectadores pudieran ver «todos los secretos que puede o debe haber en una mujer».

Las «marcas del diablo» se encontraban «generalmente en los pechos o partes íntimas», según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrani. Como resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello púbico de las acusadas y les inspeccionaban cuidadosamente los genitales.

Esto lo transcribe Guy Bechel en su libro Las cuatro mujeres de Dios. La puta, la bruja, la santa y la tonta.

“Prosiguiendo con nuestro deseo, hemos visitado las partes pudendas de la susodicha muchacha, en las cuales hemos encontrado los labios de la entrada del cuello de la matriz blandos, ajados y muy separados. Después, habiendo sondeado con los dedos la entrada del cuello de la matriz, lo hemos encontrado ancho, de manera que se pueden meter tres dedos de la mano izquierda sin mucha dificultad.

…en los músculos de la nalga del lado derecho, en cuya marca penetró una aguja de cuatro dedos de longitud… habiendo penetrado la susodicha aguja tan enteramente que en modo alguno se la pudo sacar”.

Estas mujeres que fueron acusadas y condenadas (y en algunos casos también su descendencia, sobre todo si se trataba de niñas), frecuentemente pertenecían a las clases populares, y entre ellas, sólo una minoría hubieran podido ser catalogadas como enfermas mentales o como auténticas criminales (éste fue el caso por ejemplo de Catherine Deshayes bajo el reinado de Louis XIV, culpable de homicidio).

La actividad sexual ocupaba un lugar privilegiado en los delitos que se les imputaban. En los juicios se prestaba atención minuciosa a la calidad y cantidad de los orgasmos en las supuestas copulaciones de las acusadas con demonios o el diablo y a la naturaleza del «miembro» del diablo (frío, según todos los informes). Según los inquisidores, el método del diablo para reclutar adeptos era la seducción, y las orgías y los aquelarres periódicos eran la recompensa para sus fieles servidores. Los jueces sentían una curiosidad insaciable por los detalles de esas relaciones sexuales, y su diligencia en forzar los interrogatorios se veía recompensada con todo tipo de sucias fantasías, lo que demuestra que el celo puesto en perseguir a las brujas tenia motivos bastante carnales.

Mediante la tortura se obligaba a las mujeres a reconocer los crímenes más espantosos. Después de estos interrogatorios no era posible liberarlas, estaban en un estado tan lamentable que muchas morían.

De gran significado era la idea de una confabulación de brujas. De la transformación de prejuicios que se había tendido contra los judíos durante siglos, se formó la imagen de una «Synagoga Satanae», Sinagoga de Satanás, que más tarde se llamaría sabat de las brujas o aquelarre. Se pensaba que se trataba de una reunión orgiástica en la que se escarnecía a Dios y a su Iglesia. La misma existencia de la Cristiandad estaría amenazada por esta secta de brujas. El Malleus Maleficarum fue un compendio de todas estas fantasías.

Las brujas, en su mayoría mujeres, eran acusadas de ser responsables de todos los males de la sociedad. Este concepto de brujería se difundió por toda Europa mediante una serie de tratados de demonología y manuales para inquisidores que se publicaron desde finales del siglo XV hasta avanzado el siglo XVII. El primero en alcanzar gran repercusión, gracias a la reciente invención de la imprenta, fue el Malleus Maleficarum («Martillo de las brujas», en latín), un tratado filosófico-escolástico desapasionado y racional publicado en 1486 por dos inquisidores dominicos, Heinrich Kramer (Henricus Institoris, en latín) y Jacob Sprenger. El libro no solo afirmaba la realidad de la existencia de brujos y brujas, conforme a la imagen antes mencionada, sino que afirmaba que no creer en brujas era un delito equivalente a la herejía: «Hairesis maxima est opera maleficarum non credere» (La mayor herejía es no creer en la obra de las brujas).

Al comienzo la caza de brujas fue dirigida por los tribunales eclesiásticos, es decir, los jueces inquisidores, pero en el siglo XVI estos son reemplazados por los tribunales laicos, o sea, los jueces civiles. En realidad fueron los procesos judiciales y la tradición libresca, los que afirmaron y detallaron ese estereotipo. Y durante esos procesos dirigidos contra las brujas y los magos, las creencias y los mitos se establecieron y se consolidaron. El paroxismo o locura colectiva surgió cuando los tribunales civiles suplantaron el monopolio de la Iglesia en relación a todo lo concerniente a la brujería. Anteriormente, se consideraba que los brujos eran tanto hombres como mujeres, pero con el nuevo tiempo, los procesos de brujería fueron casi exclusivamente en contra de las mujeres.

La primera mitad del siglo XVII fue en toda Europa la gran era de la caza de brujas. Prácticamente ningún país escapó a esta obsesión, a la que se sacrificaron miles de víctimas condenadas a la hoguera. Las presas, sometidas a interrogatorios y torturadas, algunas acababan por confesar sus crímenes contra los niños, y condenadas a la hoguera por el consejero municipal. Las que no confesaban eran, muchas veces, linchadas y quemadas por la multitud, irritada por la falta de condenación.

La cacería de brujas llegó a Norteamérica con las colonias inglesas. Los habitantes de Nueva Inglaterra llegaron a Estados Unidos en el siglo XVI y XVII no solo con sus pertenencias sino su puritanismo religioso extremo y su miedo infinito a lo sobrenatural y a todo aquello que no entendían, algo muy propio de la época medieval. Una de las consecuencias del terror de estos colonos fueron los juicios de Salem de 1692, en los que los propios jueces se dejaron llevar por la histeria religiosa de la comunidad, y a punta de justificaciones infundadas en las Sagradas Escrituras, dieron la orden de ahorcar a 14 mujeres y cinco hombres de la aldea.

La creencia en las brujas y los procesos de brujas realmente comenzaron a ponerse en duda en forma más o menos generalizada a partir del fin del siglo XVII. 

Durante el siglo de las Luces (s XVIII) aparecieron historiadores europeos que acusaban a la Iglesia y a la Inquisición de la caza de brujas porque las persecuciones habían sido en nombre de Dios y habían sido sacerdotes quienes inventaron la imagen de la bruja maléfica. Autores católicos, posteriormente, reivindicaron el papel de la Iglesia aduciendo que la creencia en las brujas no fue una invención de la Iglesia y que fue la justicia de los príncipes la que había asesinado a miles de hombres y mujeres con la acusación de brujería. La controversia se mantiene.

Sobre las brujas solamente tenemos los testimonios que nos han dejado sus jueces y verdugos. Sus voces a penas nos han llegado, por eso tenemos que ser cautos a la hora de desentrañar sus creencias y rituales.

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Juana de Arco fue condenada a la hoguera por bruja.

 ¿Cómo podemos entender esta alucinación colectiva en la que toda una sociedad actuó durante varios siglos como si realmente existiera la brujería?

La historia de persecución y martirio se repetía contra grupos minoritarios vistos con malos ojos por la mayoría y los gobernantes.

En occidente hoy el término «caza de brujas» se usa metafóricamente para referirse a la persecución de un enemigo percibido (habitualmente un grupo social no conformista) de forma extremadamente sesgada e independiente de la inocencia o culpabilidad real.

Los cristianos fueron acusados de realizar este tipo de actos en la época del Imperio Romano: Durante el siglo II fueron acusados de celebrar reuniones clandestinas en las cuales degollaban niños y mantenían relaciones sexuales no convencionales y adoraban animales.

En otras épocas fueron los judíos los acusados de practicar este tipo de aquelarres. Este estereotipo negativo de la bruja tiene estrechos puntos de contacto con las imágenes igualmente negativas adjudicadas históricamente a herejes y a judíos. Muy revelador es el nombre de «sabbat» (el sábado hebreo) para designar las reuniones de brujas

El martirio, exclusión y abuso hacia las mujeres no tiene ninguna justificación históricamente congruente. 

Las razones reales de la quema de brujas son muy más complejas; están relacionadas con el ofrecimiento de víctimas propiciatorias por las diversas plagas, con el deseo de los hombres de apropiarse de los bienes de las mujeres y con el miedo al conocimiento de las mujeres y a sus poderes curativos.

En esencia, la persecución de la brujería fue un instrumento más del que se dotaba el poder (en el más amplio sentido: político, religioso, económico…) para reprimir o reformar un aspecto importante de la cultura popular. Al Estado moderno le interesaba cada vez más la integración y la disciplina de sus súbditos, de tal manera que perseguir la brujería era, por un lado, un medio para imponer su idea de orden y, por otro, una forma de eliminar elementos y grupos socialmente marginados que pudieran perturbar el orden social. Las formas de conducta y expresiones culturales propias que hubieran desarrollado o pudieran desarrollar esos elementos o grupos eran potencialmente amenazadoras para el propio Estado y para las clases amantes de ese orden.

Si bien el término « genocidio» tal vez no sería el más apropiado para aplicarlo a la situación que aquí nos ocupa, muchos feministas definen hoy día esta horrenda batida contra las brujas como un crimen contra la humanidad, mientras que otros admiten que las injustificadas persecuciones y ejecuciones por sospechas de brujería perfectamente se acercan o se asimilan a lo que en el siglo XX ocurrió a los armenios en Turquía, o lo que ocurrió a los judíos en Alemania y en Polonia.

En el siglo XVII la creencia en los demonios podría crear una espiral de histeria colectiva y de caza del brujo culpable.

Lo que ocurrió en el pasado con la llamada «caza de brujas» y con las «creencias en brujas», en breves palabras bien podría ser definido como una especie de «histeria colectiva» o «esquizofrenia colectiva». El pensador polaco-estadounidense Alfred Korzybski afirmaba: « El exceso de información mal digerida, nos lleva a pronosticar una especie de mundial esquizofrenia colectiva».

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Brujas yendo al Sabbath (1878) por Luis Ricardo Falero.

Mención especial merece la tesis incómoda de Silvia Federici, activista, investigadora y autora de «Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria» 

La caza de brujas no se trata de un vestigio de superstición medieval sino que supone un momento necesario para la acumulación originaria del capital.

Ha habido un fuerte empuje para disociar la historia del capitalismo, que siempre se ha presentado como una historia de liberación, emancipación, conquista de derechos, etc. de unos ataques tan horribles sobre la vida de las personas. Desde el inicio del siglo XIX se extiende la teoría de que, principalmente, la caza de brujas tiene que ver con la Iglesia, con la superstición medieval, aunque no existe evidencia histórica. Los pocos estudios que hay muestran que la caza de brujas se produce intensa y ampliamente en el siglo XVI, en un momento en el que las relaciones feudales estaban totalmente disueltas.

Hay otras interpretación posibles, tienen mucho más sentido teniendo en cuenta el contexto. Por ejemplo, la acusación de que estas mujeres volaban a encuentros secretos tiene mucho que ver con, para empezar, el miedo a estas reuniones, el miedo a las asambleas campesinas, de gente reunida, conspirando, que tenían lugar de noche porque cualquier cosa no legal tenía lugar bajo el manto de la oscuridad. La cuestión de volar también se relaciona con el fuerte ataque que tiene lugar en estos momentos contra la movilidad de las personas. Recodemos que en estas fechas se producen de forma masiva en buena parte de Europa cercamientos (enclosure o, en un lenguaje actual, privatizaciones) de tierras, de las que se expulsa a grandes masas de población que se ven obligadas a vagar en busca de un salario y a las que se trataba de controlar fijándolas a un territorio.

Ha sido el movimiento de mujeres el que ha resaltado el continuo entre, por ejemplo, la caza de brujas y las prácticas esclavistas. El inicio de la esclavitud, la colonización, pertenecen al mismo contexto político, al mismo momento histórico. Y también a la fundación de la sociedad capitalista moderna. Pero no se ha asimilado.


NOTAS :

Debido a su extenso contenido, la caza de brujas reviste tal complejidad que obliga a abordar las explicaciones desde perspectivas diversas. Si estás interesado, puedes ir a la CATEGORIA: #BRUJERIA

Hay otros artículos en este blog sobre  #El Martirio de las Brujas

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FUENTES:

  • Wikipedia
  • Federici, S. «Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria». Ed. Traficantes de Sueños, 2010
  • Levack, B. P. La caza de brujas en la Europa Moderna. Alianza Universidad, 1995.
  • Brujería e inquisición en el Alto Aragón en la primera mitad del siglo XVII. Ángel Gari Lacruz. Delsan, Zaragoza, 2007.
  • A la Luz de los prodigios. Almas, demonios y seres evanescentes… Gonzalo Gil González. Miraguano, 2011.
  • «Las brujas de Zugarramurdi». Historia NG, núm. 98.
  • Bueno Domínguez, Mª.L., “La brujería: los maleficios contra los hombres”. Clío& Crimen, 8, 2011,
  • Caro Baroja, J., Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid 1993.
  • McGrinder, M. The Confessions of Isobel Gowdie. CreateSpace, 2016.
  • Michelet, J. La bruja: un estudio de las supersticiones en la Edad Media. Ediciones Akal, 2004.
  • Wilby, E. Visions of Isobel Gowdie: Magic, Witchcraft and Shamanism in Seventheenth-Century Scotland. Sussex Academic Press, 2010.
  • VVAA. Espejo de brujas. Mujeres transgresoras a través de la Historia. Abada Editores, 2012.
  • https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/brujas_9277/6
  • https://blogs.ua.es/brujeriainquisicion/

0 Respuestas a “El Martirio de las Brujas: La Mujer «Maléfica»”

  1. Excelente artículo, María. Han perseguido y exterminado a nuestras ancestras, y aún hay mujeres que sufren por este perverso sistema de control. Difundir es una manera de prevenir, gracias.
    Un cariño enorme desde Argentina.

  2. Como siempre mi querida MMercedes, excelente tu artículo, el peor pecado que puede existir es el no respetar las creencias religiosas, culturales, sociales y hoy día hasta politicas, leyendo el articulo entendí muchas cosas más y es que lo importante tiene que ver en aceptarnos tal cual somos. La Iglesia Católica es la poseedora de muchos misterios y cosas ocultas que si algún día llegan a salir a luz pues creo que muchas cosas quedaran al descubierto. Gracias por compartir

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