El Martirio de las Brujas de Zugarramurdi

zugarramurdi-
Cueva de Zugarramurdi (Sorginen Leizea). La relación entre las cuevas y los cultos pre cristianos es muy estrecha.

Dicen que el origen de los vascos está en la comarca navarra de Baztán, tocando con la frontera francesa. O al menos los arqueólogos y paleoantropólogos sitúan allí los linajes más antiguos, en torno a 15.000 años atrás. En esta zona hay multitud de leyendas y misterios, como las famosas brujas de Zugarramurdi, que fueron detenidas, procesadas y ajusticiadas en el siglo XVII.

Amalur (madre tierra en euskera) es uno de pilares fundacionales de la cultura ancestral de los territorios vascos.  Su ultimo avatar fue la diosa Mari, cuyo culto aún permanece, Amalur fue la sopa primitiva de unas prácticas tradicionales, transmitidas de generación en generación, relacionadas con los rituales paganos (religiones anteriores al cristianismo) y el uso de hierbas, plantas y hongos con propiedades medicinales.

Las Sorginas,  mal llamadas brujas como las meigas gallegas,  eran en realidad sacerdotisas curanderas, de la diosa Amalur: tenían conocimientos sobre la menstruación, la reproducción y el parto, así como una serie de males que trataban con ungüentos elaborados con plantas y vegetales, como la belladona o el acótino, cuyos efectos secundarios provocan la dilatación de las pupilas, aceleración del ritmo cardíaco o alucinaciones. 

Brujas de Zugarramurdi es el nombre con el que se conoce el caso más famoso de la historia de la brujería vasca y posiblemente de la brujería en España.

La leyenda  de caza de brujas mas famosa de nuestro pais,  tuvo lugar en un pueblo de los Pirineos navarros, Zugarramurdi en 1610, año en el que una vecina del pueblo soñó como algunos de los lugareños acudían hasta la gruta para realizar un aquelarre pagano.  Esta habladuría llegó hasta el oído del tribunal de la Inquisición, que no dudó en arrestar a 53 de los vecinos acusados y tras torturarlos, dio muerte a 11 de ellos en la hoguera.

 Se vieron afectadas personas de las comarcas de Navarra y Gipuzkoa, pero la mayor parte eran del valle del Baztan. Hay que recordar que en estas tierras el cristianismo se implantó más tarde, las creencias y prácticas anteriores a él se mantuvieron intactas mucho más tiempo que en el resto de la Península.

El proceso de Zugarramurdi implicó a 29 vecinos que confesaron delitos de canibalismo, haber provocado granizos sobre las cosechas, plagas y de aquelarres u orgías sexuales con el demonio, pero un teólogo enviado desde Madrid demostró que todo era falso: Alonso de Salazar

En este proceso como en otras investigaciones sobre brujería don Alonso de Salazar mantuvo una postura crítica considerando como falsos los actos atribuidos a las brujas. Parte de la idea de que todo es producto de la imaginación y el miedo de la gente de los pueblos. No obstante, sus colegas aceptaron los testimonios y denuncias sin oponer tantas pegas ni críticas. En la discusión de la sentencia y sobre todo en la posterior revisión del caso ordenada por el Consejo de la Suprema Inquisición destacó por su oposición a dar credibilidad a las teorías sobre brujería. Su exhaustivo memorial enviado a la Suprema constituyó la base para que la jurisprudencia inquisitorial española fuera escéptica sobre la realidad de la brujería y que fuera muy reticente a aceptar las denuncias por ese tema.

Accedió al Santo Oficio en 1609, incorporándose en julio de 1610 al tribunal de Logroño donde los inquisidores Alonso Becerrra Holguin y Juan del Valle Alvarado ya tenían abierto un gran proceso por brujería en el que se mostraron mucho más intolerantes que Salazar. Este proceso fue la primera y última gran causa por brujería que se produjo en España y tuvo lugar en las localidades navarras de Zugarramurdi y Urdax.

A la llegada de Salazar el proceso ya estaba en marcha. Se inició cuando una tal María de Ximildegui afirmó haber participado en aquelarres en presencia de otras personas de Zugarramurdi. Algunos de los denunciados admitieron los hechos y denunciaron a su vez a otras personas. Las coincidencias en los testimonios terminaron de convencer al tribunal de la veracidad de las denuncias. Estos incluían descripciones de las orgías, del aspecto de las apariciones demoníacas y de los ritos llevados a cabo.

El Tribunal de la Inquisición de Logroño ya tenía experiencia en tales menesteres, pues en 1507 había castigado a más de treinta personas y en 1527 a ciento cincuenta.

El proceso de las brujas de Zugarramurdi se vio espoleado por la fiebre por la caza de brujas que estaba teniendo lugar en toda Europa, muy especialmente el sur de Alemania. En el proceso contra las brujas navarras celebrado en Logroño en 1610 se las acusó de celebrar akelarres en un prado junto al pueblo, cerca de unas recibe el nombre de Sorginen Leizea, que en euskera significa precisamente la cueva de las brujas Y es que aquí se llevaban a cabo ritos paganos y prácticas de medicina natural, muy enraizados en la cultura popular y aceptados por la sociedad hasta que se vincularon al satanismo.

En el puesto principal, como reina del aquelarre, se señaló a una mujer vieja llamada Graciana de Barrenechea. Esta mujer tenía bajo su protección a dos muchachas también encausadas, Estevania de Yriart y María de Yriart. Miguel de Goyburn es acusado de ser el rey del aquelarre, mientras que otros hombres y mujeres ostentaron, según los archivos, diversos cargos.

Por cierto, el término aquelarre, que se utiliza para denominar las ceremonias de invocación del diablo, tiene su origen en porque junto a la gruta hay un prado llamado Aquelarre o Campo del Macho Cabrío.  El arroyo Olabidea, también conocido como Infernuko erreka («arroyo del infierno»), al atravesar una masa de roca caliza ha excavado una serie de cuevas en distintos niveles, de las cuales la mayor forma un gran túnel de 100 m de largo, por 20 m de ancho y 30 m de alto.

La relación entre las cuevas y los cultos pre cristianos es muy estrecha.Los inquisidores Becerra y Valle Alvarado dieron pábulo a la teoría de la brujería y acuñaron el término de   aquelarre para nombrar las supuestas reuniones de hechiceros y brujas en la cueva y el prado que la circunda. Los aquelarres fueron deformados por los jueces en sentido diabólico, pero en realidad, parece ser que estaban relacionados con un culto precristiano de la fertilidad.

La incomprensión transformó aquellos rituales y fiestas en honor a la Madre Tierra en Akelarres, los cánticos en conjuros, las palabras en sortilegios y las creencias paganas en magia negra.

En el proceso se habló también de los vuelos gracias a ciertos ungüentos hasta los campos donde se celebraba los aquelarres. En el caso concreto de Zugarramurdi dicho campo era real y en él se hallaba un riachuelo, una cueva y un túnel subterráneo, que daban la apariencia de ser una verdadera catedral para un culto satánico o pagano.

Lo que resulta curioso de destacar es que en éste, como en otros muchos juicios por brujería, no fue la Inquisición la que movió la primera ficha, sino que se vio obligada a actuar por el celo de la justicia secular y por el pánico que se había despertado en la población. Es más las autoridades civiles ya habían detenido y ejecutado a varias personas cuando el tribunal eclesial tomo cartas en el asunto.

“Desde que se comienza a tener noticia de la brujería vasca hasta el último momento en que aparece de modo señalado, puede decirse, sin miedo a cometer error, que la acción de las autoridades civiles y de los predicadores fue mucho más insistente que la de la Inquisición misma para que el país anduviera revuelto y excitado. Con aquelarres o sin ellos, con grandes reuniones hechiceriles o con pequeños conciliábulos familiares, lo cierto es que la bruja y el brujo vascónico producen una inquietud constante y que los pueblos viven en tensión, acusándose las familias mutuamente de maleficios de todas clases.”

(Caro Baroja, Las brujas y su mundo, p. 247)

El resultado fue la condena a la hoguera de cuatro mujeres y dos hombres y de otras cinco personas en efigie por haber muerto con anterioridad.

Julio Caro Baroja cita como párrafo interesante de dicho auto de fe el siguiente:

«Las 18 personas restantes, fueron todas reconciliadas (por haber sido toda su vida de la secta de los brujos), buenas confidentes y que con lágrimas habían pedido misericordia, y que querían volverse a la fe de los cristianos. Leyéronse en su sentencia cosas tan horribles y espantosas cuales nunca se han visto: y fue tanto lo que hubo que relatar, que ocupó todo el día desde que amaneció hasta que llegó la noche, que los señores inquisidores fueron mandando cercenar muchas de las relaciones, porque se pudiesen acabar en aquel día. Con todas las dichas personas se usó de mucha misericordia, llevando consideración mucho más al arrepentimiento de sus culpas, que a la gravedad de sus delitos: y al tiempo en que comenzaron a confesar, agravándoles el castigo a los que confesaron más tarde, según la rebeldía que cada cual había tenido en sus confesiones»

En junio de 1610 los inquisidores acordaron la sentencia de culpabilidad de veintinueve de los acusados. Sin embargo, Alonso de Salazar y Frías, quien al haberse incorporado al tribunal en julio del año anterior no había participado en los interrogatorios de los principales inculpados, votó en contra de la condena a la hoguera de María de Arburu por falta de pruebas. Tras la celebración del auto de fe en noviembre de 1611 —en el que dieciocho supuestos brujos y brujas fueron reconciliados, seis fueron quemados vivos y cinco lo fueron en efigie— Salazar comenzó a dudar también de la culpabilidad del resto.​

En los meses siguientes al auto de fe se desató una fiebre por la caza de brujas en toda la región que se materializó en miles de acusaciones. Las dudas de Salazar sobre la culpabilidad de los condenados fueron secundadas por otros importantes clérigos que atribuían las confesiones a la superstición y a la incultura, tales como el obispo de Pamplona, Venegas y Figueroa.

Salazar aseguraba que las acusaciones contra las supuestas brujas estaban basadas en falsos testimonios obtenidos bajo coacción, y relata el caso de una mujer que se suicidó arrepentida tras haber delatado falsamente a una de las condenadas, o el de otra, en el pueblo de Elizondo, que confesó ser bruja para librarse del cepo al que los vecinos la habían atado durante 15 días.

Por este motivo, el Consejo de la Inquisición ordenó a Salazar que visitara las montañas de Navarra con el objeto de recabar información y testimonios de primera mano, con órdenes de no forzar las confesiones y no amenazar a los cuestionados. A partir de mayo de 1611 recorrió durante casi ocho meses la zona en plena fiebre de brujería. Recabó miles de testimonios inconsistentes y contradictorios, no pudiendo encontrar ninguna prueba sólida de que los aquelarres hubieran tenido lugar. Los testigos se contradecían y supuestos ungüentos y pócimas resultaron ser falsos. En un informe al Inquisidor General escribió que no había encontrado un solo testimonio sólido de que hubiesen tenido lugar actos de brujería y que las declaraciones de los supuestos testigos por sí solos no debían ser tomados como prueba suficiente.

En el informe final de 1613 denunció la pobre instrucción, ya que no se anotaron los cambios en las declaraciones de los acusados ni sus contradicciones. Concluyó que no era posible determinar que se hubiera producido acto alguno de brujería, ya que los hechos descritos eran con frecuencia imposibles, como volar por el aire o asistir a aquelarres mientras las brujas permanecían en la cama, y que, en caso de que efectivamente hubiese intervención del demonio, resultaba muy difícil explicar que sus actos fueran denunciados de forma tan fácil, incluso con el testimonio de niños pequeños.

Así, tras la revisión a fondo del caso ordenada por el Consejo de la Suprema Inquisición Salazar se arrepintió completamente de la sentencia que él también había firmado al considerar que se había cometido una «terrible injusticia». Salazar escribió en su informe final lo siguiente:

Cometimos culpa el tribunal… [al no reconocer] la ambigüedad y perplejidad de la materia. Cometimos [defectos] en la fidelidad y recto modo de proceder… en que no escribíamos enteramente en los procesos circunstancias graves… ni las promesas de libertad que les hacíamos, careaciones entre sí… y otras sugerencias para que acabasen de confesar toda la culpa que queríamos, reduciéndonos nosotros mismos a escribir sólo para llevar mayor consonancia de hacerlos culpados y delincuentes. Tanto que también por esto dejamos de escribir muchas revocaciones.

En 1614 la Suprema promulgó unas «instrucciones» o criterios de obligado cumplimiento, que seguían fielmente las recomendaciones dadas por Salazar y que formaron la base de la jurisprudencia posterior en la materia. Entre ellas se incluyeron métodos para recabar testimonios fiables basados en hechos empíricos y no en meros testimonios de segunda mano.

También se desacreditó el Malleus Maleficarum, que había sido el manual seguido hasta entonces por el Santo Oficio sobre brujería y que se basaba en leyendas y casos sin confirmar.

Además se siguieron recomendaciones de Salazar de mantener en lo posible la discreción sobre estos casos para evitar el contagio y la paranoia sobre la existencia de brujería. Según el propio Don Alonso, hacia 1617 pudo informar al Alto Tribunal de que la paz se había impuesto de nuevo en las tierras de Navarra.

La Inquisición se comprometió a no ajusticiar nunca a nadie más por brujería

Las instrucciones de la Suprema del 29 de agosto de 1614, debidas en gran parte a Salazar, según el antropólogo español Carmelo Lisón Tolosana marcan el fin de la brujería satánica en España. Pero no en Europa… Curiosa paradoja: la flexibilidad y moderación que, en conjunto y comparativamente, caracterizó la actuación de la Suprema frente a las brujas poco tuvo que ver con el trato brutal al que las sometieron las autoridades de todo tipo en Europa occidental y, sin embargo, la Inquisición española ha pasado a ser en esa misma Europa el símbolo del terror y de la maldad sin límites, de la perversidad suprema, del Mal.

La Inquisición española fue siempre muy escéptica en temas de brujería, pero fueron las Instrucciones de 1614 inspiradas por Salazar las que pusieron fin definitivamente a los grandes procesos por brujería en España. A partir de entonces y salvo contadas excepciones, las acusaciones de brujería se saldaron con absoluciones o penas simbólicas. En algunas ocasiones fue la inquisición la que paralizó procesos iniciados por la justicia civil como el de 1616 en Vizcaya, donde el

A principios del siglo XVIII los asuntos de brujería para la Inquisición española cobraron mayor importancia que en los dos siglos anteriores, «incluso da la impresión de que constituyen la actividad fundamental del Santo Oficio». Las sanciones siguen siendo suaves pero hay excepciones, como la última condena a muerte de la historia de la Inquisición. Se trató de una vieja loca conocida como «la Beata ciega», que confesó haber seducido a jóvenes sacerdotes y haber practicado actos de magia, que fue ejecutada a garrote vil en Sevilla en 1781, y luego quemada.

Para finales del siglo XVIII las brujas ya no eran consideradas una amenaza. Se las entendía como ideas supersticiosas de campesinos.

En finales del siglo XVIII se difundieron libros que, en tono humorístico como Memorias de la gitana Pepilla la Ezcurripia o con un enfoque más serio como Las brujas de Cándido María Trigueros, combatieron la creencia en brujas y en general en toda clase de supersticiones, lo que contribuyó a que se considerara de buen tono no creer en brujerías.

En la actualidad la cueva de Zugarramurdi es un destino turístico de cierto nivel. En su entorno han crecido los chiringuitos y los puestos de souvenirs. En el Museo de las Brujas, el viajero puede recordar el Auto de Fe en el que se vieron implicados sus vecinos con visitas teatralizadas, rutas guiadas a las cuevas, espectáculos de danza y pirotécnica o talleres de plantas medicinales.

De estas leyendas se han hecho varias películas españolas como: «Akelarre» (1984) y «Las brujas de Zugarramurdi» (2013).

Las brujas que decían las gentes de los pueblos causaban las tempestades y las malas cosechas, forman parte de la historia mágica de España. Así la sorgina vasca o la meiga gallega o la celestina de las urbes rondan aún por el imaginario común y atraen el turismo a esas regiones.

Brujas, meigas, sorginas…. pese a la Iglesia…  haberlas ailas!!!


FUENTES:

  • Wikipedia
  • Caro Baroja, Julio (2003) [1961]. Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza Editorial.
  • Caro Baroja, Julio (1996) [1970]. Inquisición, brujería y criptojudaísmo. Barcelona: Círculo de Lectores-Galaxia Gutenbert. 
  • Caro Baroja, Julio (1985). Brujería vasca (4ª edición). San Sebastián: Txertoa. 
  • Kamen, Henry (2011) [1999]. La Inquisición Española. Una revisión histórica (3ª edición). Barcelona: Crítica. 
  • Lisón Tolosana, Carmelo (1992). Las brujas en la historia de España. Madrid: Temas de Hoy. 
  • Pérez, Joseph (2012) [2009]. Breve Historia de la Inquisición en España. Barcelona: Crítica. 
  • Historia y leyenda de las brujas de Zugarramurdi de José Dueso.
  • Las brujas y su mundo de Julio Caro Baroja.
  • Las brujas de Zugarramurdi de Alfredo Gil del Río.

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