«ALQUIMIA» La Ciencia Perdida

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La alquimia como conocimiento científico perdido

Alquimia : Vibración, Ciencia, Conciencia,  Naturaleza y Universo

La alquimia es un conjunto de tradiciones que se practicaban en la antigua Europa, Asia y también en África. Es una antigua práctica protocientífica y una disciplina filosófica que combina elementos de la filosofía, la química, la metalurgia, la física, la medicina, la astrología,  la semiótica, el misticismo, el arte y el espiritualismo.  Se la considera un arte ancestral que tiene como objetivo el estudio de los misterios de la vida, la consciencia y la evolución.

La alquimia es una de las ciencias cuyo solo nombre evoca ya las más contrarias y diversas reacciones: atracción, desprecio, curiosidad, incertidumbre… sentimientos opuestos, provocados en parte por la falta de información concisa sobre su origen y desarrollo.

LA ALQUIMIA, EL ORIGEN DE LA QUÍMICA

La Alquimia es la ciencia que nada más y nada menos dio origen a la química actual.

La Alquimia es la ciencia que origino la química actual. Sin ser conscientes de ello, los primeros alquimistas se convirtieron en los primeros químicos de la historia dado a que su constante búsqueda por respuestas y la práctica de experimentos sobre minerales, líquidos y gases. Todo esto les permitió encontrar información hasta esa época desconocida.

Los alquimistas a lo largo de la historia se preocuparon por el estudio y especialmente por la constitución de los materiales, por las formas en la que estos funcionan, pueden mezclarse, reaccionar, formar nuevos materiales y ser útiles para los Hombres.

Es importante señalar que la alquimia recibió su nombre durante el siglo XII, durante el periodo conocido como la Edad Media. En Europa, ésta era duró del siglo V hasta el XV ⁠— desde la caída del Imperio Romano hasta el Renacimiento.

El término alquimia tiene dos orígenes aceptados. En el vocablo griego “chemia” el cual hacía referencia a la “mezcla de líquidos” y en el término árabe “alkímya”. De hecho, la raíz etimológica de esta palabra viene del árabe, la cual puede ser traducida e interpretada como: «fusionar o fundir un metal». Así, este término también podría traducirse como: «el arte de la transmutación».

La química , de la antigua palabra egipcia «khēmia», que significa transmutación de la tierra, es la ciencia de la materia a escala atómica a molecular , que se ocupa principalmente de colecciones de átomos, como moléculas , cristales y metales .

La alquimia abarca varias tradiciones filosóficas que abarcan unos cuatro milenios y tres continentes. La inclinación general de estas tradiciones por el lenguaje críptico y simbólico hace que sea difícil rastrear sus influencias mutuas y relaciones «genéticas».

Se pueden distinguir al menos tres líneas principales, que parecen ser en gran medida independientes, al menos en sus primeras etapas: alquimia china , centrada en China y su zona de influencia cultural; Alquimia india , centrada en el subcontinente indio ; y la alquimia occidental, que ocurrió alrededor del Mediterráneo y cuyo centro se ha desplazado durante milenios desde el Egipto grecorromano , al mundo islámico , y finalmente Europa medieval .

La alquimia china estaba estrechamente relacionada con el taoísmo y la alquimia india con las religiones dharmicas , mientras que la alquimia occidental desarrolló su propio sistema filosófico que era en gran medida independiente de varias religiones occidentales , pero influenciado por ellas . Todavía es una pregunta abierta si estos tres hilos comparten un origen común, o en qué medida se influenciaron entre sí.

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Los orígenes de la alquimia se vinculan con la metalurgia

El amanecer de la alquimia occidental a veces se asocia con el de la metalurgia , que se remonta al 3500 a . c. 

Los primeros hornos y, sobre todo, la introducción de la técnica de endurecimiento del hierro incandescente, mediante golpes repetidos, inauguraron la producción en masa del nuevo metal a finales del II milenio antes de nuestra era.  El hierro no se usó al principio en las armas y las herramientas, sino en los ritos, como siempre se había hecho. Se hicieron con él amuletos, estatuillas, ornamentos en el mejor de los casos. Los usos prácticos llegaron más tarde, y fue solo entonces, unos mil años antes de nuestra era, cuando el universo mental de la humanidad comenzó a sufrir una transformación radical. Los flamantes herreros, nómadas que recorrían los caminos en busca de materia prima y de encargos que tornaran provechosos sus raros conocimientos, llevaron con ellos por doquier sus ritos, su misterio y, por supuesto, sus mitos. El reinado exclusivo del dios del cielo tocó fin y una nueva mitología, dominada por la Madre Tierra, inició poco a poco su andadura.

 Procedente del vocablo árabe al-tannur («horno»), el atanor no era sino el horno que usaban por excelencia los alquimistas. Construido de forma que fuera capaz de conservar el calor durante largos períodos, los adeptos lo consideraban, de manera simbólica, una incubadora en la que el cuerpo material, su propio organismo, sufría, por obra del fuego, la metamorfosis que había de convertirlo en un nuevo cuerpo espiritual. Asimismo, su forma simbolizaba el útero terrestre, la matriz ctónica en cuyas entrañas nacen y crecen los metales.

Para los mineros y metalúrgicos propagadores de las nuevas leyendas, las oscuras cavernas, las recónditas minas y las interminables galerías en las que reposa el hierro no son otra cosa que el útero de la Madre Tierra, la matriz ctónica, el vientre telúrico —no puede ser casual que en la lengua egipcia antigua «bi» signifique tanto útero como galería de mina— donde se gestan, envueltos en el misterio, los minerales cuyos secretos solo ellos conocen.

El horno, que se tenía por sucesor de la matriz telúrica en que los metales iniciaban su gestación, se intuía poblado por espíritus maléficos y peligrosos, pues no en vano tenía lugar en su interior una operación de crecimiento acelerado que reemplazaba, e incluso superaba, a la naturaleza misma. Por ello, el crisol de fundición se consideraba consagrado a la divinidad, y se obligaba a quienes se acercasen a él a purificarse previamente. De igual modo, los minerales que en él se introducían eran vistos como an-kobou, es decir, «embriones divinos», y de ahí que se realizaran sobre ellos complejas libaciones rituales, se quemaran a su alrededor aromas, producidos únicamente por una madera determinada, y se vertiera en su honor la kourounna, una suerte de cerveza fermentada.

Las divinidades uránicas siguieron existiendo. No podían morir por completo cuando resultaba tan evidente la influencia determinante que los fenómenos meteorológicos ejercían sobre el destino de las cosechas. Pero, junto a ellos, reclamaron un creciente protagonismo las deidades de la tierra, pues era en su seno en el que crecían y se desarrollaban, como embriones en gestación, los minerales que alimentaban la forja del herrero. El mundo, así las cosas, no podía ser ya la obra exclusiva de una divinidad celeste, sino el fruto de una hierogamia, una unión sagrada entre el dios del cielo, masculino, y la diosa de la tierra, femenina.

La espiritualidad propia de la tierra que los griegos dieron en llamar Mesopotamia, es decir, país entre ríos, en alusión a las corrientes del Tigris y el Éufrates que le servían por el norte y el sur como fronteras naturales, muestra evidencias de dichos principios en fecha tan antigua como el siglo XII a. C. A esa época pertenece una tablilla encontrada en la ciudad de Tall’Umar en la que se describe, en unos términos enigmáticos y por completo incomprensibles para los no iniciados —una práctica habitual entre los futuros alquimistas—, la fabricación de vidrio de color verde por medio de la adición de cobre al vidrio ordinario.

La noble naturaleza del oro, la terrena y la celeste, era algo irrefutable para los alquimistas. Siguiendo las tradiciones egipcias comenzaron a desarrollar su ciencia en los primeros siglos después de Cristo. De acuerdo con los conceptos de la época, lo que hacían los alquimistas, era una ciencia exacta. Basaban sus principios en la doctrina aristotélica, según la cual, todos los cuerpos no eran sino formas fenoménicas de una misma materia. Por ello, era absolutamente posible transformar una materia en otra. Este principio parecía estar al alcance de la mano.

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Bomba de aire de Boyle.

Llama la atención los aparatos de laboratorio desarrollados por los alquimistas, empleados más tarde por químicos auténticos, y los de procesos de purificación y separación de sustancias como ejemplos de análisis químicos tempranos. En sus esfuerzos para producir oro, los alquimistas aprendieron mucho acerca de la aleación de los metales y de la producción de diversos colorantes.

Durante esta búsqueda, se realizaron experimentos cuyo resultado fue la creación de técnicas que ayudaron al desarrollo de la química como ciencia. Se considera que la química como ciencia remplazo a la alquimia a mediados del siglo XVII, cuando se publicará la obra titulada “El químico escéptico” del alquimista de origen irlandés Robert Boyle. Robert Boyle, propulsor de una institución secreta para el desarrollo de la ciencia, descubrió la composición del aire. En su libro propone la utilización del método científico para el estudio e investigación de las ciencias.

La alquimia empieza a desmoronarse cuando se cuestiona la teoría de los cuatro elementos y la ciencia se orienta hacia la experimentación. Entonces, la alquimia ya no está en consonancia con la visión científica y empieza a ser una extravagancia. Si los cuatro elementos no son los constituyentes exclusivos de los metales y los metales no son mezclas de cuatro elementos, entonces la transmutación es, a la vez, absurda e imposible.

 El proceso de decadencia de la alquimia fue largo y contradictorio. Robert Boyle, que asestó un severo golpe a la alquimia, no parecía ser consciente de ello. Defendió la posibilidad de la transmutación y sostuvo que prácticamente cualquier cosa podía hacerse de cualquier otra, una de las ideas centrales de la alquimia. Jamás cuestionó que los metales fueran compuestos y no desdeñó la posibilidad de la transmutación. Intercambiaba fórmulas secretas de alquimia con John Locke e Isaac Newton, dos ilustres autores aficionados al Arte de Hermes.

A través de los siglos muchos  se esforzaron honradamente en hallar el medio de producir oro. Sin embargo, algunos estimaron mucho más sencillo y provechoso pretender hallarse en posesión de la técnica y comerciar con el poder y la reputación que ello les proporcionaba.

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Representación de Ouroboros del tratado alquímico Aurora consurgens (siglo XV), Zentralbibliothek Zürich , Suiza

La Alquimia, Esotérica y Arcana

A diferencia de la ciencia posterior, la alquimia era esotérica y arcana, los secretos se ocultaban con sumo celo y cuidado. sus adeptos mostraron siempre muy poco interés en hablar de sí mismos y de su arte con claridad, bien porque de ese modo se protegían del posible acoso de los poderosos, siempre ávidos de apoderarse de sus secretos, reales o figurados, que de los dos hubo, bien porque así se aseguraban de que accedían a ellos solo las personas dignas de perseguir y alcanzar sus elevados fines.

En los textos que se escriben de acuerdo con este punto de vista, los símbolos alquímicos crípticos, diagramas e imágenes textuales de trabajos alquímicos tardíos típicamente contienen múltiples capas de significados, alegorías y referencias a otros trabajos igualmente crípticos; y debe ser laboriosamente decodificado para descubrir su verdadero significado. Se utilizaban extraños nombres simbólicos o signos para encubrir la verdadera naturaleza de los materiales empleados.

Los símbolos habituales relacionaban al oro y la plata, con el Sol y la Luna; al hierro con el planeta Marte, con el símbolo universal que designa lo masculino; al cobre con el planeta Venus, asociado al símbolo universal de lo femenino; al estaño con Júpiter; al plomo con Saturno; y al mercurio con el planeta Mercurio.

Aún quedan recuerdos de aquella época. La denominación del compuesto ahora llamado nitrato de plata era «cáustico lunar». Este nombre, ya en desuso, es un claro indicio de la antigua relación entre la plata y la luna. El mercurio debe su actual nombre al planeta Mercurio. El verdadero nombre antiguo era hydrargyrum («plata líquida»), y el nombre inglés antiguo era el casi idéntico de «quicksilver».

La alquimia nos muestra todo un mundo de simbolismos creados: la serpiente que se muerde la cola, el león rojo y verde, el monocerote, el hermafrodita alquimista como criatura perfecta por llevar en sí caracteres masculinos y femeninos, el ave fénix que resurge de sus cenizas, el dragón que ha de ser sacrificado para convertirse en un ser superior, son parte del contexto de infinitas obras, fórmulas y recetas alquímicas, que fueron expresadas siguiendo una tradición de los sacerdotes egipcios.

La filosofía hermética fue resguardada por los estudiantes de Hermes desde la antigua Mesopotamia, quienes se vieron forzados a ocultar las enseñanzas de los principios universales sobre alquimia a causa de las persecuciones durante la Edad Media.

«Los labios de la sabiduría están cerrados, excepto para los oídos del entendimiento.»

– El Kybalion

Los conocimientos desarrollados por los alquimistas siempre fueron accesibles solo a unos pocos. Desde el comienzo, los practicantes de alquimia fueron considerados “brujos” y herejes por querer hacer la “obra de Dios” y por esta razón, la mayoría de los alquimistas fueron perseguidos y asesinados. El conocimiento alquímico fue catalogado como un arte dentro del ocultismo y esoterismo, y su práctica fue prohibida. Así es que el arte alquímico se ha desarrollado a lo largo de la historia de manera secreta, y es por esto, que la mayoría de los libros sobre alquimia, estan encriptados, y llenos de símbolos, prácticamente ilegibles para quien no maneja ese lenguaje.

Esta oscuridad más o menos deliberada sirvió a dos desafortunados propósitos.

Primero, retardó el progreso, ya que los que trabajaban en esta materia ignoraban -en parte o del todo-lo que los otros estaban haciendo, de modo que no podían beneficiarse de los errores ni aprender de la lucidez de los demás.

En segundo lugar, permitió que charlatanes y engañadores -contando con la oscuridad del lenguaje- se presentaran a sí mismos como trabajadores serios. No podía distinguirse al embaucador del estudioso. Entre los que pasaban por alquimistas no faltaron en todas las épocas auténticos embaucadores, presuntos adeptos al llamado arte sagrado que no buscaban en realidad otra cosa que enriquecerse fácil y rápidamente, haciendo creer a otros, casi siempre ricos y poderosos, que se hallaban en posesión del secreto del polvo de proyección o piedra filosofal, y obteniendo así, de ellos, la ocasión y los medios de vivir a cuerpo de rey sin más trabajo que alimentar, de vez en cuando, las vanas esperanzas de sus crédulos mecenas.

En parte la mala fama que tenían los alquimistas se debía a que estos tomaban prestados términos y símbolos propios de la mitología pagana pero también de la bíblica. El resultado era una mezcla entre la cábala y otros campos místicos y esotéricos.

Sea cual fuere la verdadera razón de esta oscuridad de los textos alquímicos, las prácticas habituales en ellos, como cambiar el nombre de las operaciones, alterar su orden, valerse con generosidad de símbolos o criptogramas, o incluso renunciar por completo a la palabra escrita, han servido muy bien a su objetivo, pues solo con grandes conocimientos de la disciplina es posible adentrarse en sus documentos con unas ciertas garantías de comprender mínimamente su contenido.

Si bien los alquimistas gozaron de esta dudosa fama, también sus métodos ayudaron al avance de industrias como la obtención de la pólvora, producción de pintura, metalúrgica, curtido de cuero y preparación de licores.

Por igual, los alquimistas más importantes conocidos buscaban encontrar a la sustancia que permitiese convertir metales comunes en metales preciados. Pero durante sus procesos de experimentación, terminaron encontrando remedios que aportaron importantes descubrimientos para el tratamiento de enfermedades, que en algunos casos se utilizaron en farmacéutica. Los valores de la alquimia son fortuitos: los alquimistas buscaban algo y encontraban otra cosa.

En cualquier caso, como más adelante iremos viendo, si bien es cierto que la alquimia vivió su era dorada en la Europa de los siglos XV al XVII, mucho menos en la Edad Media que en la Moderna, no lo es menos que alquimistas hubo ya en Mesopotamia y en Egipto, en la India y en China, entre los griegos y los romanos, y que no faltaron tampoco después del siglo XVIII, cuando, al calor de la Ilustración, la eclosión de las ciencias experimentales condenó a la marginación a la alquimia, expulsándola de las universidades y motejándola de conocimiento esotérico propio en exclusiva de falsarios o iluminados.

Aunque la alquimia se asocia popularmente con la magia, el historiador Lawrence M. Principe argumenta que la investigación histórica reciente ha revelado que la alquimia medieval y moderna abarcó un conjunto mucho más variado de ideas, objetivos, técnicas y prácticas:

La mayoría de los lectores probablemente conocen varias afirmaciones comunes sobre la alquimia, por ejemplo, … que es similar a la magia, o que su práctica en ese momento o ahora es esencialmente engañosa. Estas ideas sobre la alquimia surgieron durante el siglo XVIII o después. Si bien cada uno de ellos puede tener una validez limitada dentro de un contexto limitado, ninguno de ellos es una descripción precisa de la alquimia en general «

La alquimia ha sido cada vez peor entendida con el paso del tiempo, ya que en su origen no era otra cosa que conocimiento científico. Los milenarios principios herméticos sintetizan las leyes generales de la vida y confluyen actualmente con muchas teorías de la ciencia, permitiendo plantear un nuevo paradigma científico.

¿Cómo llegaron a formularse estas leyes del Kybalión? ¿Qué métodos utilizaron para descubrirlas? No lo sabemos, es un enigma. Y un enigma es una pregunta sin respuesta o con una respuesta controvertida. Sea como fuere, parece que estos axiomas, si los demuestran los científicos actuales, fueran más verdad que si los exponen los filósofos místicos y herméticos de la Antigüedad.

Finalmente, es necesario resaltar de la alquimia, también su carácter de disciplina compleja, poliédrica, capaz, por tanto, de albergar en su seno interpretaciones diversas y corrientes distintas. Adeptos tuvo el arte sagrado —Paracelso, el famoso médico y alquimista suizo del siglo XVI, es, con mucho, el mejor ejemplo— que se interesaron más por usar sus vastos conocimientos acerca de las diferentes sustancias minerales y vegetales para elaborar recetas que mejorasen la salud de las personas, curando con mayor eficacia sus enfermedades y prolongando con ello sus vidas.

Los hubo también que, como hizo el alemán Johann Rudolf Glauber en el siglo XVII, dedicaron sus esfuerzos a sintetizar en sus laboratorios tinturas nuevas, cosméticos más efectivos, aleaciones más resistentes y ligeras, e incluso explosivos más potentes, y no tuvieron después reparo alguno en patentar sus descubrimientos y enriquecerse con ellos.

Y no faltaron, por último, alquimistas —entre ellos John Dee, prestigioso matemático y astrónomo inglés del siglo XVI— más preocupados por el desarrollo del Imperio Britanico que su propia espiritualidad. Para ello, cruzo la linea de la magia natural,  y LA filosofía hermética, a la magia sobrenatural y practicas ocultistas como la necromancia. Pero, el legado de Dee  transformo Inglaterra y  fue el mago precursor de la época isabelina

Y es, precisamente, de esta riqueza de la alquimia de la que deriva su importancia, no siempre reconocida, en la historia de la ciencia y el pensamiento humanos y su trascendencia misma como objeto de estudio, pues de cada una de las corrientes citadas nacería, al correr de los siglos, una rama de la ciencia o la filosofía modernas.

La alquimia de los medicamentos, llamada también espagiria, terminaría por dar lugar a la química farmacéutica o iatroquímica. La alquimia de los metales se transformaría con el tiempo en química experimental. Y la alquimia espiritual alimentaría, de algún modo, el interés de toda una escuela psiquiátrica que, con el conocido médico y ensayista suizo del siglo XX, Carl Gustav Jung, fundador de la denominada Psicología Analítica, a la cabeza, se preocuparía por la existencia del inconsciente colectivo y la forma en que se manifiesta en los individuos entregados a las prácticas de esta índole.

Que la alquimia es un fenómeno paradójico lo demuestra la atracción que ejerce todavía en la actualidad y que haya sido explicada por Jung como un proceso psicológico y no químico.

PRÓXIMAMENTE

«ALQUIMIA» Carl Gustav Jung. Psicología y Alquimia


FUENTES

  • Wikipedia
  • H. P. Blavatsky. Collected Writings. Vol. 11: Alchemy in the Nineteenth Century. Wheaton, I, 11. The Theosophical Publishing House, 1973.
  • Jung, Carl Gustav  Obra completa de Carl Gustav Jung. Volumen 12: Psicología y alquimia (1944). Traducción Alberto Luis Bixio. Madrid: Editorial Trotta.
  • Esteva de Sagrera J. La química sagrada. De la alquimia a la química en el siglo xvii, Madrid: Akal; 1991.
  • Eliade M. Herreros y alquimistas. Madrid: Taurus; 1959.
  • López Pérez M. Asclepio renovado. Alquimia y medicina en la España moderna (1500-1700). Madrid: Corona Borealis; 2003.
  • Luanco JR. La alquimia en España. 2 vols. Barcelona: 1889-1897.
  • Breve historia de la alquimia de Luis E. Íñigo Fernández

0 Respuestas a “«ALQUIMIA» La Ciencia Perdida”

  1. Hola María Mercedes, me encantan tus escritos:).
    Podría contactar contigo por email?
    Muchas gracias por todo lo que compartes!
    Un abrazo

  2. Como siempre, el hombre y su afán por poseer más, ha hecho que hasta los conocimientos se manipulen, por otro lado la ciencia siempre ha progresado por aquellos que han trabajado por los demás aunque no siempre sin interés.
    La verdad es que casi siempre ha estado ligada al poder pues necesita de él y de recursos para su avance…..triste comercio cuando hace tanta falta el conocimiento y su divulgación correcta y adecuada. Y aún teniendo el conocimiento, cuanto interés en frenarlo……..en fin, lo de siempre.
    Abrazos

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