«ALQUIMIA» La Ciencia Árabe

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Un sabio sostiene la tabla del antiguo conocimiento alquímico mientras Ibn Umail la explica. Ilustración de Al-mâ’ al-waraqî (El agua plateada; 1339) de Muhammed ibn Umail al-Tamimi

El mundo islámico fue un crisol para la alquimia.

El pensamiento platónico y aristotélico, que ya había sido en cierta medida incluido en la ciencia hermética, continuó siendo asimilado cuando en el siglo Vll d. C las tropas musulmanas ocuparon el territorio de Egipto, los sabios del Islam entraron en contacto con los secretos de los alquimistas del Antiguo Egipto

En el siglo VII los árabes entraron en escena. 

Luego de la caída del Imperio Romano, fue el mundo islámico el que tomó las riendas, dando grandes avances y registros metódicos.

Después del 650 d. de C. el mantenimiento y la extensión de la alquimia greco-egipcia estuvo totalmente en manos de los árabes, situación que perduró durante cinco siglos. Quedan restos de este período en los términos químicos derivados del árabe: alambique, álcali, alcohol, garrafa, nafta, circón y otros.

En árabe khemeia se convirtió en al-kímiya, siendo al el prefijo correspondiente a «la». Finalmente la palabra se adoptó en Europa como alquimia, y los que trabajaban en este campo eran llamados alquimistas. Ahora el término alquimia se aplica a todo el desarrollo de la química entre el 300 a. de C. y el 1600 d. de C. aproximadamente, un período de cerca de dos mil años.

La alquimia árabe es tan misteriosa en sus orígenes como la griega. Hasta entonces habían permanecido aislados en su península desértica, pero ahora, estimulados por la nueva religión del Islam fundada por Mahoma, se extendieron en todas direcciones. Sus ejércitos victoriosos conquistaron extensos territorios del oeste de Asia y norte de África. En el 641 d. de C. invadieron Egipto y, tras rápidas victorias, ocuparon todo el país; en los años siguientes Persia sufrió el mismo destino.

En el seno del mundo musulmán, las ciudades recuperaron el esplendor desvanecido en los últimos y convulsos siglos del Imperio romano, y el tráfico de mercancías, animado por una moneda sólida y rutas comerciales estables, alcanzó otra vez su perdida grandeza. Beneficiado por su estratégica ubicación, a medio camino entre Oriente y Occidente, a parecida distancia de los centros de progreso de China y la India, por un lado, y Grecia y Roma, por otro, logró actuar como receptáculo, conservador y transmisor de los avances culturales de ambos mundos, algunos de los cuales sobrevivieron gracias al respeto que los árabes fundadores de la nueva religión manifestaron hacia las gentes del libro, judíos y cristianos, y a la avidez con la que atesoraron y tradujeron las obras en las que se contenía el conocimiento heredado.

Algunos historiadores sugieren que la alquimia árabe desciende de una escuela asiática occidental mientras que la alquimia griega desciende de una escuela egipcia. Esta escuela asiática no es ni china ni india. Se puede afirmar que la alquimia árabe estaba asociada con una ciudad específica en Siria, Harran, que, según parece, fue en la que se desarrollaron la mayor parte de los conocimientos alquímicos árabes.

Fue especialmente en Persia donde los árabes encontraron los restos de la tradición científica griega, ante la que quedaron fascinados. Esta admiración quizá se viera también incrementada por un combate de gran significación práctica.

VER... Constantinopla y el «Fuego Griego»

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«Cuadratura del círculo»: un símbolo alquímico (siglo XVII) de la creación de la piedra filosofal

El Resurgir de la Alquimia

La resurrección de la agonizante alquimia no habría sido posible sin los árabes.

A pesar de su encuentro con el fuego griego los árabes terminaron dominando la región y mucho más allá. Pronto comenzaron con el proceso de asimilación del conocimiento de sus nuevos súbditos. Baghdad se convirtió en el centro intelectual de referencia de Europa, Asia y África, y eruditos de todas partes recibieron invitaciones para enseñar en la corte. Entre estos invitados estaban sabios hindúes, muchos médicos y escribas, y como los tantristas veneraban a 18 magos-alquimistas de los que al menos dos eran chinos, el acceso al conocimiento hindú incluía un acceso al conocimiento chino, si bien limitado.

La tradición dicta que fue Khalid Ibn Yasid, nieto de Moawiya, primer califa de la dinastía Omeya, quien, en el último tercio del siglo VII, llevó a tal punto su afición al arte sacro que mandó llamar a Damasco, entonces capital del Imperio islámico, a un anacoreta cristiano de Jerusalén, Marianus o Morenius, antiguo discípulo del alquimista Estéfanos y muy versado, según se decía, en la arcana sabiduría. Como consecuencia de la relación que el príncipe entabló con el eremita, no solo se convirtió él mismo en un avezado alquimista que incluso llegó a escribir tratados sobre la materia, entre ellos el poema alquímico El paraíso de la sabiduría, compuesto por 2315 versos, sino que mandó traducir al árabe cuantos manuscritos se hallaran sobre el tema, dando así comienzo a la alquimia musulmana.

Los dirigentes musulmanes también acogieron a muchos estudiosos refugiados alejandrinos y, a través de ellos tuvieron acceso a las obras de Platón, Aristóteles, Galeno, pseudo-Demócrito, y Zósimo de Panápolis, autor de los libros de alquimia más antiguos de los que se tiene noticia. Las traducciones al árabe desde el griego fueron una ocupación erudita bastante frecuente en los siglos X y XI. Del siglo XI, precisamente, data la traducción de Ibn Al-Hassan Ibn Ali Al-Tughra’i de los textos de Zósimo.

La alquimia islámica, a partir del siglo VIII, absorbe, dentro de las diversas tradiciones y saberes que el mundo musulmán fue asimilando de las distintas civilizaciones con las que entró en contacto, los avances realizados por los adeptos babilónicos y egipcios, los chinos e indios, y los griegos, formando con todos ellos un corpus de la disciplina que, de su mano, comienza a conocerse precisamente por el nombre que ya nunca perderá.

Los árabes no se limitaron, sin embargo, a recopilar y traducir los conocimientos heredados. Ciertamente, asumieron como propios los conceptos babilonios y asirios sobre astrología y metalurgia, el complejo ritualismo místico-religioso de los egipcios e incluso el interés de los chinos por la receta capaz de hacer posible la prolongación de la vida. Pero, yendo más allá, los asimilaron sin dificultad, y pronto comenzaron a adentrarse por sí mismos por los tortuosos caminos de una disciplina que a la luz de los importantes resultados que obtuvieron en su ejercicio, debió de antojárseles apasionante. A ellos debemos, para empezar, el nombre de numerosos instrumentos vinculados al arte sacro, como el alambique, el atanor o el aludel, o el de sustancias como el alcohol, y, por supuesto, el propio vocablo alquimia, que conserva todavía en sus primeros fonemas el recuerdo del artículo árabe añadido a una palabra que quizá en sus orígenes fuera griega, pero que los musulmanes tardaron bien poco en llenar de nuevos contenidos.

Muchos de los escritos árabes revelaban un carácter místico que contribuía poco al avance de la Química, pero otros intentaban explicar la transmutación en términos físicos. Los árabes basaban sus teorías de la materia en las ideas aristotélicas, pero su pensamiento tendía a ser más específico, sobre todo en lo referente a la composición de los metales. Ellos creían que los metales consistían en azufre y mercurio, no propiamente estas sustancias que conocían muy bien, sino más bien el principio del mercurio, que confería la propiedad de fluidez a los metales, y el principio del azufre que convertía en combustibles a las sustancias y corroía a los metales. Las reacciones químicas se explicaban en términos de cambios en las cantidades de esos principios dentro de las sustancias materiales.

Como punto de partida, sin renegar de la teoría aristotélica de los cuatro elementos que habían abrazado con entusiasmo los alquimistas alejandrinos, y quizá influidos por ideas procedentes de China, con la que mantenían fluidas relaciones comerciales, introdujeron en ella una modificación que terminaría por desplazarla por completo en la Edad Media. De acuerdo con su planteamiento, todo cuanto existe en la naturaleza no es sino el resultado de la combinación de dos sustancias que participan, bien que de forma desigual, en la composición de todos los cuerpos: el mercurio y el azufre. Por supuesto, ninguno de ellos, como no lo eran tampoco los elementos de Aristóteles, es el metal con el que comparte nombre. Se trata, bien al contrario, de principios, masculino, solar y activo el azufre; femenino, lunar y pasivo el mercurio. Cada metal debe sus distintas cualidades a la diferente proporción que entra de ambos en su composición, y solo en uno de ellos esa proporción es tan idéntica que da como resultado el más perfecto de los metales: el oro.

La tarea del alquimista, desde esta perspectiva, es sencilla de entender: extraer de una materia prima inicial los dos principios y luego combinarlos entre sí, de modo que se obtenga el denominado «bien valioso» o iksir, luego derivado en elixir, vocablo con el que los adeptos árabes nombraban a la sustancia que, al fundirse con cualquier metal innoble, era capaz de transformarlo en oro.

Llevar a la práctica esa tarea resultaba complejo y laborioso, y exigía del alquimista una paciencia y una constancia enormes, aunque, a diferencia de sus predecesores, contaba al menos con una idea clara de los pasos que debía dar para completarla.

El primero de ellos era la destilación precisada por primera vez con claridad por los adeptos árabes, que tenía por objeto reducir la materia prima a sus componentes más simples. Esta etapa era, quizá, la más laboriosa, pues exigía en ocasiones repetir varios cientos de veces el proceso hasta que la sustancia resultante quedaba libre de cualquier impureza.

A continuación, el alquimista debía proceder todavía a una mayor purificación del producto de la destilación, meta que lograba mediante operaciones sucesivas de trituración, desecado o cocción, entre otras. Por último, los elementos obtenidos, ya puros, debían ser reunificados en uno solo, que no era otro que el elixir, cuya eficacia podía variar mucho en función del grado de perfección del proceso.

Por medio de estas prácticas, los alquimistas árabes hicieron notables progresos en el terreno de la química práctica. Además de la destilación, verdadera reina de los trabajos alquímicos, a ellos debemos la receta más antigua que se conoce para la preparación del aguafuerte —en realidad ácido nítrico—, del que se valían para separar el oro, no soluble en él, de la plata, que sí lo es. También descubrieron las propiedades del agua regia, corrosiva mezcla de los ácidos nítrico y clorhídrico, única sustancia capaz de disolver el oro. El descubrimiento de que el agua regia, una mezcla de ácido nítrico y clorhídrico, podía disolver el metal más noble —el oro— habría de avivar la imaginación de alquimistas durante el siguiente milenio.

El real objetivo de éstos alquimistas era el de producir oro por medio de reacciones catalíticas de ciertos elementos. Tratando de explicar las diversas propiedades de las sustancias, los alquimistas atribuyeron dichas propiedades a determinados elementos, que añadieron a la lista.

Los alquimistas árabes trabajaron con oro y mercurio, arsénico y azufre, y sales y ácidos, y se familiarizaron con una amplia gama de lo que actualmente llamamos reactivos químicos. Ellos creían que los metales eran cuerpos compuestos, formados por mercurio y azufre en diferentes proporciones Identificaron el mercurio como el elemento que confería propiedades metálicas a las sustancias, y el azufre, como el que impartía la propiedad de la combustibilidad. Posteriormente consideraron un tercer principio, la sal, identificada con la solidez y la solubilidad.

Estos principios alquimistas sustitutyeron durante la Edad Media a los elementos de la filosofía helénica. Una idea inmediata fue la posibilidad de conseguir la transmutación de los metales, mediante la combinación de esos tres principios, pero esta transmutación sólo podía ser factible en presencia de un catalizador al que se llamó piedra filosofal. La historia de la alquimia es básicamente la búsqueda de la piedra filosofal.

Según aquellos alquimistas, una sustancia puede transformarse en otra simplemente añadiendo y sustrayendo elementos en las propiedades adecuadas. Un metal como el plomo, por ejemplo, podía transformarse en oro agregándole una cantidad exacta de mercurio.

Durante siglos prosiguió la búsqueda de la técnica adecuada para convertir en oro un «metal base» y en esto se basó toda la alquimia medieval.  Esta obsesión sería, a lo largo de los siglos, una de las razones del estancamiento de la alquimia y su abandono de las raíces científicas – la piedra filosofal resultó ser una especie de El Dorado que llevó a muchos alquimistas a perder el tiempo con teorías sin base empírica. Sin embargo  en este proceso, los alquimistas descubrieron sustancias mucho más importantes que el oro, tales como los ácidos minerales y el fósforo

El descubrimiento de los ácidos minerales fuertes fue el adelanto más importante después de la afortunada obtención del hierro a partir de su mena unos tres mil años antes. Los europeos lograron llevar a cabo muchas reacciones químicas y disolver numerosas sustancias con ayuda de los ácidos minerales fuertes, cosa que no podían conseguir los griegos ni los árabes con el vinagre, el ácido más fuerte de que disponían.
En realidad los ácidos minerales eran mucho más importantes para el bienestar de la humanidad de lo que hubiera sido el oro, incluso de haberlo obtenido por transmutación. El valor del oro habría desaparecido tan pronto como éste dejase de ser raro, mientras que los ácidos minerales son tanto más valiosos cuanto más baratos y abundantes. No obstante, la naturaleza humana es tal, que los ácidos minerales no causaron gran impresión, mientras que el oro siguió buscándose ávidamente.

Los ácidos minerales: nítrico, clorhídrico y, especialmente sulfúrico; introdujeron una verdadera revolución en los experimentos de la alquimia. Éstas sustancias eran ácidos mucho más fuertes que el más fuerte conocido hasta entonces (el ácido acético o vinagre), y con ellos podían descomponerses las sustancias, sin necesidad de emplear altas temperaturas ni recurrir a largos períodos de espera.

El primer ácido mineral en descubrirse fue probablemente el ácido nítrico, hecho por la destilación de salitre, vitriolo y alumbre. El que presentó más dificultades fue el ácido sulfúrico, que era destilado del vitriolo o alumbre solos pero requería contenedores resistentes a la corrosión y el calor. Mucho más difícil fue el ácido clorhídrico que era destilado de sal somún o sal de amoníaco y vitriolo o alumbre.

De todas formas, pocos alquimistas se dejaron tentar por éstos importantes éxitos secundarios, para desviarse de lo que éllos consideraban su búsqueda principal. Muchos simulaban producir oro por medio de trucos de prestidigitador para ganar el apoyo financiero de los mecenas. Por otra parte los alquimistas confundidos con magos y brujos, sufrieron persecución por parte de las autoridades religiosas.

Los trabajos de los alquimistas de la Edad Media , aunque infructuosos en el descubrimiento de la piedra filosofal y del elixir de la larga vida, y por tanto estériles, produjeron indudables progresos en la química de laboratorio, puesto que prepararon nuevas sustancias, inventaron aparatos útiles y desarrollaron técnicas empleadas más tarde por los químicos. Desde el punto de vista metodológico, se debe a los alquimistas una operación fundamental en química: la operación de pesar. Sus filtros exigían una dosificación minuciosa de los ingredientes que se mezclaban: así en sus laboratorios «fáusticos», los alquimistas elaboraron lo que más tarde iba a ser el método cuantitativo.

“Los ignorantes interpretan los textos según sus propios deseos y los conflictos de su débil imaginación. No profundizan en las fuentes recomendadas por los filósofos, ni estudian con diligencia la Naturaleza”.

Ibn Umail al-Tamīmī (ca.900-975 d.C.). Ḥall ar-Rumū

En sus tratados aparecen multitud de nuevos compuestos como el álcali, sosa o cenizas de plantas alcalinas; la tucia, óxido de zinc; el vitriolo verde, sulfato de hierro, o el aceite de vitriolo, en realidad ácido sulfúrico. Se recogen y describen también procesos tan sugestivos como el de fabricación del acero, la impermeabilización de telas, la preparación de numerosos tintes, barnices y aceites vegetales, o la fabricación de vidrio transparente, de mucha mejor calidad que el conocido hasta entonces, mediante el uso de dióxido de manganeso. Las descripciones de los hornos y demás instrumentos que formaban parte de los laboratorios son, asimismo, muy completas en los numerosos tratados de alquimia musulmana.

Una información que llegó a los musulmanes en algún momento del siglo XIII y, a través de ellos, a Occidente, posiblemente a través de esta ruta chino-hindú fue la fórmula de una mezcla explosiva que terminó llamándose pólvora, desarrollada paradójicamente por los taoístas chinos para alcanzar la inmortalidad. Esta mezcla de nitrato potásico (KNO3), azufre (S) y carbón (que no carbono) explota porque los sólidos reaccionan cuando se les aproxima una fuente de calor (llama) para formar gases (CO, N2, SO2) que ocupan muchísimo más espacio que los sólidos originales y lo ocupan muy rápidamente.

Se sabe mucho más sobre la alquimia islámica porque fue documentada mejor: de hecho, la mayoría de los primeros escritos que han sobrevivido el paso de los años lo han hecho como traducciones islámicas.

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El Hermetismo Alquímico Musulman

Los filósofos islámicos también hicieron grandes contribuciones al hermetismo alquímico.

No por ello dejaban los adeptos mahometanos de mostrar preocupación por la faceta espiritual de su trabajo. Las leyendas adornan la alquimia árabe como lo han hecho con la de todos los tiempos.

Según sus creencias, el profeta islámico Idris, que aparece en el Corán, no era otro que el célebre Hermes Trimegisto, al que no se cita, sin embargo, en ningún momento en el libro sagrado, aspecto que nos permite deducir sin temor a errar que se estaba produciendo una evidente islamización de las tradiciones paganas tomadas de los antiguos tratados alejandrinos sobre el arte sacro

Pero es un astrólogo persa del siglo VIII, Abu Ma’shar, el autor de la leyenda más completa al respecto. Según su versión, no existió un solo Hermes, sino tres. El primero de ellos, que vivió antes del Diluvio Universal, se identifica con Thot, el dios egipcio de la escritura, la magia y la medicina, y fue un héroe civilizador que construyó las pirámides y enseñó al hombre a escribir usando jeroglíficos.  El segundo, posterior a la gran catástrofe, vivió en Babilonia y fue un maestro en medicina, filosofía y matemáticas. Finalmente, el tercer Hermes, heredero y continuador de los anteriores, destacó como maestro de las ciencias ocultas, y fue él quien enseñó la alquimia a la humanidad.

La dimensión mística de la alquimia no le resultó tampoco extraña al mundo islámico. El poeta andalusí Muhyiddin Ibn’Arabí, que vivió entre los siglos XII y XIII en el entonces reino de Murcia, uno de los que surgió de la desintegración del califato cordobés hacia el 1031, llegó a escribir: «El oro representa al alma en su estado original y sano, que, sin trabas ni nubes, podría reflejar el espíritu divino de acuerdo con su propio ser; el plomo, por el contrario, representa su estado enfermo, empañado y muerto, que ya no puede reflejar el espíritu. La verdadera esencia del plomo es el oro».

Y es que, en realidad, la alquimia islámica, a pesar de su aparente aspecto de química precientífica y su mayor preocupación por los trabajos de laboratorio, nace y se desarrolla, igual que el resto de las manifestaciones del arte sacro en las distintas civilizaciones o culturas, envuelta en un manto espiritual que le confiere sentido y del que no puede desprenderse. En el caso de la alquimia musulmana, ese envoltorio espiritual se lo proporciona el sufismo.

El vocablo sufismo ha servido para nombrar fenómenos distintos a lo largo del tiempo. Bajo su manto se incluyen conocimientos, técnicas y ritos vinculados a la metafísica, la purificación del alma, la relación individual del hombre con Dios o la interpretación interior de los preceptos islámicos. Sus manifestaciones han sido también muy diversas, desde el simple ascetismo y algunas formas islámicas de gnosis a los movimientos de fervor religioso y caballería espiritual, pasando incluso por ciertas órdenes militares musulmanas. Se trata, además, de un fenómeno muy antiguo, pues los primeros maestros sufíes vivieron entre los siglos I y II de la hégira, es decir, el VII y VIII de la Era Cristiana.

De cualquier modo, bajo la densa capa de sus distintas manifestaciones y prácticas, el sufismo no deja de ser una mística del islam, un intento de acercar el alma a Dios para fundirse con él y comprender así la verdadera realidad de las cosas. Y es por ello por lo que sus postulados atrajeron desde el principio a los alquimistas musulmanes. En realidad, el maestro sufí desarrolla en su espíritu las mismas tareas que el adepto al arte sacro realiza en su laboratorio. El sufí limpia su alma y la libera de las impurezas propias de la naturaleza humana mediante constante meditación y ascesis; el alquimista se vale de la destilación, repetida una y mil veces, para limpiar de las suyas a la materia prima que reposa en el fondo de su alambique. El espíritu del sufí debe recorrer un camino de muerte y resurrección para, ya transformado, ser digno de unirse al Creador; la materia del alquimista sufre, además, un largo y complejo proceso de destrucción que la reduce a sus componentes más elementales antes de unirlos de nuevo para formar una sustancia pura y perfecta. No es raro, pues, que los símbolos del adepto recuerden a los del maestro, ni tampoco que él mismo considere que sus trabajos de laboratorio prefiguran y acompañan a los que se desarrollan en el interior de su propia alma. La alquimia musulmana, como la alejandrina o la oriental antes que ella, es también, y ante todo, un proceso espiritual.

Quizá por ello el más grande de los adeptos musulmanes fue un místico. Jabir Ibn Hayyan al-Sufi, que sería luego conocido en la Europa medieval como Geber, la versión latina de su nombre, nació en Kufa (Arabia) hacia el año 722 de nuestra era. Hijo de un farmacéutico, su humilde origen no le impidió manifestar desde su juventud una profunda inquietud espiritual que le llevó a seguir las enseñanzas del imán chiita Jafar al-Sadiq, célebre por sus vastos conocimientos de magia, astrología, filosofía y alquimia, disciplinas en las que con toda probabilidad inició a su joven discípulo. Aunque sus obras poseen, en mayor grado que las de sus predecesores, un carácter muy práctico, no olvidan tampoco insistir en las virtudes personales que deben adornar al alquimista: paciencia, sabiduría, moderación… También en esto la influencia de sus enseñanzas se proyectó más allá de su época.


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No es de extrañar, pues, que la tarea iniciada por Geber gozara de importantes continuadores. El más destacado fue, sin duda, el persa Abū Bakr Muhammad ibn Zakarīyā al-Rāzī, conocido en Occidente como Rhazés, que vivió entre los siglos IX y X de nuestra era.

Alquimistas islámicos como al-Razi (en latín Rasis) y Jabir ibn Hayyan (en latín Geber) aportaron descubrimientos químicos clave propios, tales como la técnica de la destilación (las palabras alambique y alcohol son de origen árabe), los ácidos muriático (clorhídrico), sulfúrico y nítrico, la sosa, la potasa y más. (De los nombres árabes para estas dos últimas sustancias, al-natrun y al-qalīy, latinizados como Natrium y Kalium, proceden los símbolos modernos del sodio y el potasio.)

Otro alquimista de renombre, más célebre por su faceta como médico e incluso por la de filósofo, fue Abū Ali al-Husayn Abd Allah ibn’Ali ibn Sinū, conocido en Occidente como Avicena. También persa de nacimiento, como Rhazés, nació a finales del siglo X, en una época de decadencia política del mundo islámico, que sufría en aquellos años continuos enfrentamientos sociales, políticos y religiosos. Versado en la medicina desde la adolescencia, alcanzó gran fama con su Canon, traducido al latín en el siglo XII por Gerardo de Cremona, en el que recogió y amplió las enseñanzas de Galeno e Hipócrates y sentó las bases de la disciplina hasta el Renacimiento. Como alquimista, una característica suya mucho menos conocida, escribió el llamado Libro de los remedios, en realidad un estudio taxonómico de las rocas, los minerales y los metales, que clasificó en cuatro grupos: piedras, sustancias fusibles, sulfuros y sales. Aunque aceptó las ideas jabirianas acerca de los dos principios constitutivos de la materia, se colocó a contracorriente de sus contemporáneos al declarar su total incredulidad ante la posibilidad de lograr una transmutación que afectara a la naturaleza de los metales, considerando que los cambios logrados por los alquimistas nunca podrían ir más allá del aspecto exterior de aquellos. Como es lógico, una postura semejante no le granjeó entre los adeptos al arte el mismo respeto que gozaba en la comunidad médica.

La principal contribución de los musulmanes a la alquimia (aparte del nombre, obviamente) fue prestar menos atención a la parte mística del arte y centrarse más en la parte práctica tal y como hicieron los primeros alquimistas alejandrinos. Quizás los musulmanes estaban menos interesados en la magia como consecuencia de las propias características de su religión, donde todo está en las manos de Alá y sucede por su voluntad, y por eso daban tanta importancia a los procesos como a los resultados finales. Fuese cual fuese la razón, la cuestión es que la alquimia que terminaría llegando a Occidente, contra la opinión general, fue una alquimia muy práctica.

En el siglo Xl los investigadores europeos empezaron a descubrir los secretos de esta disciplina. A pesar de la oposición radical del Cristianismo, la alquimia alcanzó su máximo esplendor durante la Edad Media.

A partir del siglo XII, y más concretamente, de 1144, como resultado de la traducción al latín de las Conversaciones del alquimista árabe Khalid ibn Yazid, los saberes alquímicos musulmanes inician su penetración en Europa, siguiendo, para ello, vías tan diversas como los reinos cristianos de la península ibérica, la corte bizantina de Constantinopla, la difusión por Occidente de las ideas ocultistas asimiladas por los cruzados en Tierra Santa o la misma Sicilia musulmana, beneficiada por su ubicación estratégica en el centro del Mediterráneo occidental.

Es entonces cuando, poco a poco, los traductores al principio, los recopiladores después y los primeros adeptos más tarde van extendiendo la alquimia por los diversos países, mientras se decantan ya entre sus practicantes las tres grandes corrientes que siempre estarán presentes en ella: la metalúrgica, la médica y la espiritual.

Continuará…


FUENTES:

  • Wikipedia
  • Obras Completas de Hermes Trismegisto ed. Muñoz Moya y Montraveta, Barcelona, 1987,
  • M. Beretta, (2004), “Betwen Nature and Technology: Glass in Ancient chemical Philosophy”, en: Marco Beretta (ed.), When Glass Matters, Leo S. Olschki, Firenze,
  •  Jeremy Naydler, “El templo del cosmos. La experiencia de lo sagrado en el antiguo Egipto” (Atalanta,2019)
  • Isaac Asimov: Breve historia de la química
  • https://www.alchemywebsite.com/bibliog.html

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